14 octubre 2014

Twitter mató al buen periodista


Cuando alguien osa apuntar que el periodismo está en crisis, generalmente suele aparecer algún gurú diciendo que no es cierto; que o bien el periodismo siempre ha estado en crisis o bien está en una momento de transformación. Bueno, pues si no se nos permite decir que ese gurú miente, al menos que se nos permita matizar que —efectivamente— el periodismo se está transformando, pero definitivamente en algo más mediocre de lo que era.

Porque si la brillante idea de regalar los contenidos con la llegada de internet y la consiguiente pérdida masiva de ingresos de los medios (¿a qué lumbreras se le ocurrió semejante idea?) no hubiera hecho suficiente daño al periodismo, la estúpida fiebre de Twitter, parece haber llegado para rematarlo.
Como muchos recordarán y todos aún padecemos, los mismos lumbreras que ocasionaron un descomunal siete en las cuentas de los diarios regalando sus contenidos, decidieron que la mejor manera de que sus medios cuadraran sus cuentas y remontaran el vuelo era recortar en plantillas y el dinero destinado a las colaboraciones (¿qué iban a hacer si no?, ¿despedirse a sí mismos, que eran lo más caro e inútil de sus empresas?). El resultado fue el lógico empobrecimiento de unos productos en los que los antaño grandes reportajes fueron cediendo su posición a los análisis de las series de la tele (¿qué diario no tiene una?) y las galerías de mujeres ligeras de ropa (el machismo sigue ahí).

¿Remontaron las cuentas de dividendos de los grandes medios de persuasión? En absoluto, pero a la espera del milagro y respaldados por consejos de administración más interesados por su potencial como instrumentos de manipulación que en el rendimiento económico obtenido de ellos (la calidad periodística queda fuera de la ecuación), a falta del incremento de ingresos, el interés de las corporaciones se trasladó al aumento en los clics, en las páginas vistas, en el tránsito de visitantes por la página web, independientemente de lo que visitaran

El resultado de todo ello en España fue la empobrecida prensa que hemos padecido estos últimos años, cuando precisamente más necesario era que los medios ejercieran su papel social de contrapoder. Sin embargo, con los medios digitales sin apenas más espacio para galerías fotográficas de carnaza o de "búscate en el sarao", a algún lumbreras se le ocurrió otra genial idea. 

Y en descargo de antes citados, aquí habré de reconocer que no fue uno de la vieja guardia sino un lumbreras de nueva hornada, de los renovadores del periodismo, el primero que me habló de la estrategia cuando trató de vendernos a mí y a otro colega las bondades de su nuevo medio. "Vamos a empezar con muy poca plantilla, pero nuestro fichaje estrella es Fulano", nos dijo. ¿Fulano? ¿Y ese quién es? ¿Qué méritos tiene?, le preguntamos. "Es un fenómeno en Twitter. Lo petó retransmitiendo aquellas manifestaciones", respondió.

A nosotros, plumillas que empezaríamos colaborando a pieza porque "no había dinero para todos", el fichaje nos olió a chamusquina desde el primer instante. Y el tiempo nos dio la razón: desde que empezó en el medio, al chaval —al que se puede ver siempre riendo las gracias al jefe por la redacción— no le recordamos una exclusiva, un reportaje que hiciera destacar a su diario sobre el resto un solo día. Eso sí, al medio las cuentas le cuadraban y el tipo era un fenómeno en Twitter: aunque no consiguiera rascar apenas ni media exclusiva, se las ingeniaba para ser el más rápido refritando las de los demás y difundiendo sus enlaces por la red.

Pero el modelo, del que no sé si mi interlocutor fue pionero, parece estar extendiéndose y las grandes empresas informativas —y también las presuntamente alternativas— se han lanzado a dedicar sus magras inversiones a fichar, no a los mejores periodistas que quedan descolgados de los medios rivales, sino a las figuras más "activas" de internet. ¿Por qué? Porque aunque no sepan trabajarse una noticia, aunque carezcan de capacidad de análisis y bagaje profesional, aunque no hayan dado muestras siquiera de saber escribir, van a difundir sus artículos y los de su periódico hasta perder toda dignidad.

¿A qué periodismo conduce esto? Ustedes me dirán. Lo triste del asunto es que en lo que confían los ejecutores de esta banalización del periodismo, es en que los usuarios de Twitter no apreciarán que con estos fichajes tratan de tomarles el pelo y les consideran peores lectores, lectores que no se van a dar cuenta de que consumen periodismo de peor calidad. Mientras, los mejores periodistas, los que sacan temas y se pasan el día detrás de la noticia; los que aún defienden la dignidad del oficio y cuando el jefe les presiona para que además de periodistas sean hombres anuncio, se niegan porque ambas cosas son incompatibles; estos periodistas, digo, no suelen perder mucho tiempo en tuitear. Cuando todos lo hagan, seguramente entonces, ya se habrá acabado todo.
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