04 marzo 2014

Gracias, Alberto



Si les contara cuántas veces he dejado de escribir algo por temor a las consecuencias que pudiera tener sobre mi futuro, quizás se sorprenderían. Habrá quien seguramente me lo echará en cara, pero les prometo que siempre que se ha dado esa circunstancia he reflexionado muchísimo y, pese a ello, la carga por la responsabilidad (autoimpuesta) no ejercida me ha acompañado durante días e incluso semanas. 


Pero así funcionan las cosas aquí: no existe un poderoso o aspirante al poder (en posición de acceder a él) que se someta al escrutinio público valorando las críticas y reconociendo a quien las ejerce como un colaborador. Al menos yo no conozco ningún caso. En cambio me sobran los que premian a pelotas o, en su defecto, aprecian a los que demuestran que pueden guardar un silencio cómplice al tiempo que te señalan como un traidor si en alguna ocasión, por excepcional que sea, no salieron brillantes en el retrato que hiciste de ellos. 

La crítica, aquí, tiene un precio, y se paga muy caro. Y no es un mal exclusivo del periodismo, donde se ha extendido hasta la nausea, sino de todos los campos. La mediocridad campa así, impune, por nuestras tierras, mientras el miedo a las consecuencias de exponer las cosas con franqueza atenaza las posibles voces críticas, la apertura de mente de los que las escucharan, y los cambios que exigiría el conocimiento de que es posible mejorar las cosas. 

Por eso resulta tan valioso asistir de vez en cuando a manifestaciones por desgracia aún tan excepcionales como la aventura emprendida por el actor Alberto San Juan, con su Teatro de Barrio y su obra Autorretrato de un joven capitalista español; una pieza que lleva un tiempo representando y la pasada semana tuve la oportunidad de ver en Valencia. Porque lo que San Juan hace en ella, mezclado con un adorno biográfico que puede ser perfectamente falso, es contar una verdad rotunda: el robo de la democracia a la ciudadanía española por parte de la oligarquía del estado en la mal denominada Transición española.

Seguramente a muchos de ustedes les sonará a ya sabido, pero la triste realidad es que la inmensa mayoría de españoles creen haber participado de un milagro democrático sin precedentes y ejemplar, cuando lo cierto es que eran víctimas de un complot. Y lo valioso de la labor de San Juan es que él pone su popularidad y su pericia al servicio de llevar ese conocimiento al gran público.

Podía hacer de galán en bodrios televisivos, sumarse a alguna compañía de las que eligen repertorio pensando en pescar de la administración, y vivir tranquilo sin molestar (al igual que el periodista estrella, que fantasea con turbios episodios históricos en lugar de abordarlos, o entrevista a los poderosos sin incomodarlos más allá de lo pactado). Pero no, él molesta, y cuenta los negocios del PP, la historia del PSOE, quienes son los dueños de los medios de comunicación en España... Una actitud que aquí, se paga cara.

Y por eso es doblemente valiosa su aventura. Porque no solo es inestimable el conocimiento que transmite, las verdades que expone su obra, sino porque además rompe la barrera del miedo, a las consecuencias que pueda tener para él —a nivel de publicidad en los medios, de contratos para actuar en teatros municipales y autonómicos, de contratación en medios públicos y privados...— señalar tanta mediocridad, tanta injusticia y tanto robo de guante blanco.

Ante semejante acto de valentía, un servidor no puede más que agradecerle el gesto y recomendar a todo el mundo que tenga la oportunidad, que no deje de ir a ver Autorretrato de un joven capitalista español, y lleve consigo a quien necesite de su visionado. Y animar a todo el mundo a que agradezca y apoye a quien da pasos para romper la barrera del miedo, porque solo convirtiendo esta excepción en norma, nos desharemos de la mediocridad que nos rodea.
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