20 enero 2014

¿Primarias para qué?


No, politizados lectores, no me maten todavía. Déjenme que me explique y luego, si lo creen aún conveniente, lapídenme discursivamente a su gusto. Me explico: el proceso de primarias para que los ciudadanos, militantes o no en partidos políticos, podamos participar en la configuración de sus programas y listas me parece la mar de interesante por muchos motivos. Así a vuela pluma se me ocurre un par. El primero, que podría servir para  poner el debate político y de ideas en la agenda ciudadana, desplazando a otros temas de menor enjundia. El segundo, que esa exposición pública debería servir a priori para hacer una criba de calidad en los partidos y que los candidatos finalmente elegibles tuvieran una mayor calidad que la que ahora nos ofrecen la mayoría de listas electorales. No obstante, cabe apuntar, eso sería si las primarias de unas y otras formaciones se celebraran en un escenario ideal. Y el nuestro, qué quieren que les diga, dista mucho de serlo.

La primera característica que lo impide podría decirse que no es culpa de los propios partidos. O no, al menos, de todos ellos. Se trata de un panorama mediático hostil a la pluralidad y el debate de altura. En España* no hay medios audiovisuales estatales interesados en difundir o que vayan a permitir un debate de ideas y de programas, sino que, en caso de dar bola a algún proceso de primarias abierto, será con un enfoque de espectáculo, para disputas de ámbito estatal, y seguramente no más allá del modelo bipartidista en el que se cimenta el sistema. De esa manera, el gran público apenas alcanzaría a distinguir las primarias como una disputa entre personalidades y no entre  ideas. Eso no significa que ese debate no pueda existir, pero quedaría como siempre limitado a las páginas de los diarios, lo que haría del proceso una materia para "iniciados", limitaría su efectividad y pondría en entredicho el esfuerzo y la dedicación que supone, que se habría de restar a otros menesteres.

Por otro lado, las primarias, para ser interesantes, deberían ser realmente abiertas, dejando un margen suficiente a la participación de diferentes propuestas. Si los partidos hacen tal proceso de selección previa que al final la ciudadanía solo puede elegir entre dos o tres opciones prácticamente idénticas, en las que solo cambia el nombre de la candidata o candidato, todo el proceso sería una estafa, y en lugar de mostrar una voluntad democrática lo que trasluciría es, como mínimo, o bien una operación de mercadotecnia o un mero conflicto de intereses y poderes que, en cualquier caso, no harían mejor al partido que las ofrece mejor a los otros que eligen a sus candidatos de manera orgánica.

Así pues, ahora que empieza la fiebre democratizadora de las primarias, esperemos que los partidos y organizaciones políticas no hagan el ridículo ofreciendo elecciones amañadas —lo pueden hacer y mucho, desinflando incluso sus crecidas expectativas de voto, si en lugar de primarias plantean pachangas y nadie va a votarles más que sus afiliados—; que no descuiden a su vez sus labores fiscalizadoras en las diferentes cámaras donde tengan representación; y que ofrezcan una verdadera confrontación de ideas y alternativas políticas. Si no, que no lo duden, todo el sarao no solo será inútil, también les pasará factura.

*En el País Valenciano, qué quieren que les diga. El hecho de no disponer de una radiotelevisión pública capaz de vehicular un debate de altura, evidencia lo necesario que es ese ente público de calidad que nunca tuvimos. Si el debate de primarias no sale más allá de la prensa escrita, sino se convierte en un debate a pie de calle, la imagen que transmita también puede ser sumamente desalentadora.
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