14 enero 2014

Los que no ganamos ni perdemos nada

En los últimos días hemos podido escuchar a personajes como Gran Wyoming o Iñaki Gabilondo emplear —conscientemente o no— la terminología de uno de los bandos en sus espacios.

La derecha más rancia, retrógrada, antidemocrática y belicista, inventó la terminología. "Hay que vencer", "tienen que ser derrotados" repitieron durante años en una letanía totalmente adecuada a su ideología: desde hace mucho tiempo, durante el franquismo y aún antes, habían emprendido una guerra contra aquellos que pensaran diferente, que tuvieran otras sensibilidades. Solo deseaban verlos derrotados y humillados. 

Abrieron  así múltiples frentes —contra la cultura, contra la izquierda, contra el progreso, contra la emancipación de la mujer, en definitiva, contra las libertades de pensamiento— y encontraron muchas reacciones... Y una de ellas, especialmente beligerante, se decidió a combatir en el mismo tablero, el del terror y la muerte. 

Así se generó el conflicto vasco, y así se prolongó más allá del franquismo. Pero lo que había empezado como una reacción de parte de la ciudadanía totalmente justificada a la opresión ejercida por un régimen tiránico, fue perdiendo apoyo a medida que la muerte de Franco —aunque no muchísimos de los lastres de su dictadura— quedó atrás y ETA y sus acciones trataron de patrimonializar y militarizar la lucha. ETA mataba, mataba y seguía matando mientras la ciudadanía reclamaba paz, pero por desgracia para todos, en frente, en lugar de un estado democrático, tenía uno que ejercía la guerra sucia y el terrorismo de estado, cuyas fuerzas de seguridad detenían indiscriminadamente y torturaban a los discrepantes por el mero hecho de serlo o parecerlo, y todo mientras su sistema judicial cerraba los ojos y se dedicaba que utilizar el conflicto para criminalizar ideas. La acción de unos retroalimentaba a la de los otros en lo que parecía una espiral de violencia sin fin. 

Sin embargo, hace unos años, la banda armada ETA echó el freno, parece ser que con la intención de devolver hacia vías exclusivamente democráticas las demandas que tiempo atrás defendieron con las armas y que, en definitiva, nunca han sido de su patrimonio exclusivo. La noticia era excelente. Sin embargo, frente a esta decisión de uno de los contendientes —en cuyo seno seguramente se generaría una tensión enorme antes de alcanzarla—, el otro, en lugar de tender la mano o hacer algún gesto de reconocimiento al adversario propio de este tipo de armisticios, tomó la vía de la humillación. "Hay que derrotar al terrorismo", "tienen que reconocer que hemos vencido", dicen, tensando todavía la cuerda y sin abandonar la dinámica intransigente con la que encendieron la mecha del conflicto.

Y frente a ambos estamos muchísimos ciudadanos. Los que no participamos en esta guerra pero fuimos sus daños colaterales. Los que respetamos las aspiraciones del pueblo vasco y les reconocemos el derecho que tienen a su autodeterminación; los que estamos contra todo tipo de terrorismo, incluido el estatal; los que reconocemos el derecho de todas las víctimas a expresar su dolor y a que éste sea respetado; los que aspiramos a vivir en un estado democrático en el que el respeto a los derechos humanos esté por encima de todo y sea practicado por todos, ciudadanos e instituciones; los que deseamos que la gente y los pueblos convivan en concordia y en paz. 

Por eso, nosotros, en este conflicto, no somos ganadores ni perdedores, y nunca diremos que lo somos aunque los partidos sistémicos y los medios de persuasión de masas —hasta los presuntamente progres— nos intenten imponer que debemos sentirnos "ganadores" y exigir "rendiciones". Nunca militamos en ninguno de los bandos, y nunca asumiremos sus postulados.

No obstante, y pese a que el fin del conflicto ya es una buena noticia, no podemos dejar de desear que llegue el día en que ambos contendientes reconozcan sus errores y tomen las medidas para que no se vuelvan a repetir. Mucho me temo que uno de ellos, el que exige la humillación del otro y que nos sumemos a su causa y así la hagamos justa, no tiene ninguna intención de hacerlo. Hasta ahora no ha reconocido ni uno solo de sus errores.
Publicar un comentario