01 enero 2014

La penúltima nochevieja de la alcaldesa


Un cuento (o no)

Cuando Ana, Marisa y Jacinto llegaron a la plaza del Ayuntamiento poco antes de la medianoche, ésta ya estaba tomada por la gente. La había en la zona central, la habilitada para la pirotecnia de las mascletades desde principios de marzo, pero también en medio de la calzada. Y eso que no había convocatoria oficial ni dispositivo para velar por la seguridad de los presentes. Lo que habían oído era, pues, cierto: aunque las autoridades municipales nunca hubieran programado nada, mucha gente, entre vecinos y turistas, venían reuniéndose en cantidades cada vez más generosas cada 31 de diciembre en la plaza consistorial, la más grande y céntrica de Valencia, para dar la bienvenida al año nuevo. 

Ana, Marisa y Jacinto no habían ido nunca con anterioridad, pero ahora, rondando los setenta por arriba o por abajo, y con la descendencia ya colocada en casa de suegros o amistades, decidieron que podían cenar juntos y comprobar si la leyenda era cierta. Y allí se plantaron con sus uvas y su botellín de cava —que les daba para el brindis de rigor— para comprobar de inmediato que no iban a estar precisamente solos. Eso sí, en medio del gentío, los autobuses nocturnos esquivaban al personal y alcanzaban sus paradas para realizar la salida programada. ¿Harían ellos también el horario habitual saliendo puntuales a la medianoche, apartando a la gente a bocinazos, o se habría previsto que se adaptaran a las circunstancias especiales de la noche?

"Me toca salir a las doce, pero yo no me voy de aquí sin tomarme las uvas", respondió con media sonrisa el conductor a Ana, cuando ésta le preguntó por sus planes, por si podía evitarse el largo camino de regreso a casa. Así pues, de nuevo en la calzada, aunque con un ojo en el autobús, Jacinto, Marisa y Ana, y unos cuantos centenares de personas se concentraron en los últimos segundos de 2013, que en el centro de Valencia transcurrían al margen de sus anhelos, como cualquier otro martes entrada la noche.

Sin embargo y con el minutero ya señalando los últimos instantes del año, sucedió lo imprevisto, y como si se tratara de un aviso, las luces que iluminaban la fachada del Ayuntamiento se apagaron y una exclamación invadió la plaza. Entonces sonaron los cuartos, y tras ellos, con el ritmo habitual no amoldado a la ingesta de uvas, las doce campanadas, que culminaron con un estallido de alegría ciudadana. El trío descorchó su botellín y se abrazó con una familia de inmigrantes latinoamericanos y unos jóvenes alemanes que habían vivido el momento a su vera. Mientras, en la lejanía se escuchaba el castillo que disparaba algún barrio especialmente activo, pero en la misma plaza del Ayuntamiento las luces del consistorio continuaban apagadas. El apagón previo, que había insuflado una mínima emoción al momento, simplemente había sido el programado para el día a día.

¿Tanto le cuesta al Ayuntamiento poner tres altavoces, dos focos y preparar cuatro tracas para dar la bienvenida al año? Madrid en todas las teles, Barcelona contraprogramando y juntando en un espectáculo a más de 50.000 personas, y en Valencia, donde no paran de dar la matraca con la importancia del turismo mientras se vanaglorian con ser los reyes de la fiesta, la pólvora, la luz y el color... ¿nada? ¿Esa es la alternativa de la alcaldesa? ¿A qué se dedican sus ediles y sus decenas de asesores si son incapaces de prever un evento mínimo y efectivo como éste? Sobre todo eso se preguntaban Marisa, Ana y Jacinto de camino a casa. No habían cogido el autobús, aunque el conductor —como esos trabajadores honrados de países subdesarrollados que, muchas veces incumpliendo órdenes, hacen lo que su razón les manda evitando que sus países se hundan en la miseria—  había esperado cinco minutos a realizar su salida. La noche en Valencia —como muchas veces, como hace veinte años, como siempre— era estupenda. Y como los días soleados de la ciudad o su gente activa y viva, aquello tampoco es obra de la alcaldesa. Afortunadamente —pensaban Jacinto, Marisa y Ana—ya solo quedaba un año y medio más de aguantarla.
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