17 septiembre 2013

Esperar no es suficiente


El castillo de arena montado por el PP en la Comunitat Valenciana, aquel cuya debilidad, inviabilidad e insolvencia muchos pronosticamos hace años, está ya desmoronándose por entero. Su estructura calatraviana, además de inútil y desproporcionadamente cara,  hace aguas por todos lados, mientras los fastos míticos que lo adornaban van cayendo uno tras otro dejando un rastro de deudas que ya pagamos en forma de deterioro de los servicios públicos y seguirán pagando las futuras generaciones de valencianos. Es evidente que, durante años, el PP supo hacer frente a sus contradicciones vendiendo un discurso capaz de convencer al electorado con menos luces, pero ante el evidente desmoronamiento y la baja calidad de los mandos en plaza del partido —cómo no, si los aspirantes a tocar poder, siempre apoyan a quien cree que no les va a hacer sombra (véanse Zaplana eligiendo a Camps, y Génova a Alberto Fabra, o Carlos Fabra a Javier Moliner)— ya ni estos parece que les van a dar de nuevo su confianza, y los sondeos electorales comienzan a apuntar, cada vez con más firmeza, a un vuelco electoral —pactos mediante— en las próximas elecciones autonómicas.

Sin embargo, esta situación, que por lo visto está removiendo las turbias aguas en el PP, las únicas reacciones que ha generado en la izquierda del arco parlamentario son las de satisfacción y espera. “La fruta caerá de madura” parecen pensar, creo que con acierto, y con entusiasmo recogía esa posibilidad el colega J.J. Pérez Benlloch el pasado sábado en las páginas de El País. Escribía Benlloch que lo único que debía hacer “la izquierda” era “no meter la pata hasta entonces”, pero —aún sin discrepar de mi colega si solo de llegar al poder estamos hablando— no creo que lo que necesite este país para levantar cabeza sea un cambio de nombres y de presuntas políticas, sino también un cambio de actitudes. Entiendo que Benlloch, como muchos otros ciudadanos, crean de buena fe que los sustitutos del monopartito de la corrupción valenciana —léase el Partido Popular— no actuarán como aquellos, pero pese a que puedan contar con mi simpatía, yo no quiero esperar a que toquen poder para que muestren sus diferencias. 

Y es que para hacerlo no es necesario estar en el poder. Desde sus propias organizaciones se puede promover la transparencia —no con gestos baratos de cara a la galería, sino con acciones—; demostrar con el ejemplo que su modus operandi es ofrecer sus trabajos no a empresas “amigas”, sino a las mejores, promoviendo el concurso abierto en sus propias actividades que requieran de ese apoyo externo; se pueden firmar ante notario futuras aprobaciones de leyes que modifiquen las actuales, para garantizar que en el futuro se promoverán mecanismos para garantizar la separación de poderes; etc. 

Ahora mismo eso no pasa, se está simplemente viendo madurar la fruta, mirando cómo se sigue pudriendo, y esperando a que caiga por si sola; y todo, mientras se evita adquirir ningún compromiso, no sea que después obligue a actuar en consecuencia; mientras se rebaja el tono de las quejas, como si hubiera temor a sentirse retratado en un futuro; mientras es muy fácil ver cómo los aprovechados de siempre toman posiciones cercanas a la espera de verse recompensados en un futuro y no reciben la aclaración de estos partidos de que así no van a sacar nada de ellos. Sería positivo percibir actitudes más esperanzadoras, pero ahora mismo solo se ve eso. 

¿Se va a pedir un voto de confianza y luego ya veremos? Espero equivocarme y que, acabado este tibio inicio de curso, las formaciones progresistas, las que aspiran a suceder al monopartito, cambien de actitud y se pongan manos a la obra para que el  cambio empiece ya, en ellas mismas y en la imagen que proyectan en la sociedad de lo que debe ser. Si no, caerá la fruta podrida, pero que nadie se espere que el electorado les de muchas oportunidades. En Galicia, sin ir más lejos, les dieron una y la tiraron al traste, y del árbol que fructificó de aquella fruta podrida, ni con drogas, ni con incendios parece que van a librarse. Como amigo se lo digo.
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