28 mayo 2013

Nadie lo hará por ti


Permítanme que les cuente una (otra) pequeña historia. En realidad déjenme que se la cuente por segunda vez, aunque de otra manera. Hace cosa de un mes, con la intermediación de una asociación por la memoria histórica, conocí y pude transmitir a través de Público.es el drama de Antonia Valls, una anciana de una pequeña localidad valenciana que, como miles de personas de este país, perdió a su padre asesinado en la Guerra Civil y no ha podido hasta ahora recuperar su cadáver —a pesar de saber donde se encuentra— para darle el descanso que desea y del que le han privado durante décadas sus verdugos y sus herederos.

Hasta aquí lo normal. Ya ven, qué miseria de país el nuestro que, a la luz de la pasividad con que la mayoría aborda estos temas, esto lo consideramos normal. En fin, lo cierto es que el caso, lamentablemente, no tenía hasta aquí mucho de extraordinario. Lo llamativo es que esta mujer, de humilde y de avanzada edad, con la ayuda de la asociación que daba a conocer su caso, puso en marcha, para poder llevar adelante la exhumación de los restos de su padre, una colecta vía crowdfunding por un importe que, siendo importante, no cubre ni los gastos que implicaría el proceso (los arqueólogos que la llevarían a cabo, por ejemplo, ni cobrarían). Pero lo más atractivo de la historia era cómo se planteaba la ayuda.

Hacían falta cerca de 7.000 euros pero, a diferencia del tipo de colectas que se plantean a través de estas plataformas de micromecenazgo no había diferentes cantidades de colaboración compensadas por diferentes recompensas, más atractivas a medida que aumentaba la colaboración. No. Antonia Valls solicitaba una única cantidad, un euro (aunque el que lo deseara puede aportar más) y la recompensa era el agradecimiento. Un agradecimiento extenso e importante que aunque les copio un fragmento, les recomiendo leer íntegro: “El agradecimiento de los familiares, el agradecimiento de la sociedad, el agradecimiento de la verdad y de la justicia, tan escasas a veces en este país nuestro”.

Bien. No hacía falta mucho sacrificio para ayudar, no se pedía mucho, y a cambio, la recompensa es enorme. Si solo una de cada dos personas mínimamente sensibilizadas que leyera la noticia en muchos de los medios en que se publicó, hubiera donado un euro y luego lo hubiera comentado a unos cuantos amigos en los que se produjera la misma secuencia, seguramente el dinero se habría recogido en unos pocos días. ¿Pero pasó eso?

Aquí sí llega lo extraordinario de la historia hasta ahora. Hoy, a falta de 28 días para acabar el plazo de la colecta, el proyecto lleva recogidos 5.309 euros de 6.850; el 77%. Sin embargo, y esto es lo llamativo, tan solo ha recibido 231 apoyos. Es decir, que sale una media de más de 20 euros por donante. Teniendo en cuenta de que de los 231, una buena proporción habrá donado un solo euro y habrá animado a otros amigos a hacer lo propio, lo que esta experiencia evidencia es que, de entre las miles de personas que han conocido esta historia, pocas, muy pocas, han hecho el mínimo gesto de perder cinco minutos para realizar un pequeño gesto de solidaridad. 

¿Cómo es posible? ¿Es esta una metáfora de cómo se moviliza la sociedad española? ¿De la sociedad española sensibilizada? ¿Es esta la lectura que queremos que se saque de una experiencia como ésta, que apela a la sensibilidad y la solidaridad? Espero que no, que solo haya sido un error, una relajación, y que en los 28 días que quedan para cerrar la colecta, no solo se complete, sino que se complete euro a euro con miles de donaciones personales que ayuden a hacer otra lectura. La que todos querríamos sacar de una experiencia como ésta; que, lejos de ser la última, debería ser —extrapolada a muchos frentes, no solo al de la memoria histórica— la primera
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