10 abril 2013

¿Aquí no pasa nada?


La noticia recibió solo unos segundos, apenas para sumar uno o dos minutos a lo sumo, en los informativos de los medios de comunicación corporativos estatales; y no fueron los más destacados. Francisco Camps —y Ricardo Costa, aunque su situación era distinta— quedaba absuelto definitivamente del caso de los trajes de la trama Gürtel, después de que cuatro de cinco jueces del Supremo consideraran ayer correcta la sentencia dictada por un jurado popular —en aquel caso, por cinco votos contra cuatro— que le declaró "no culpable" en el tristemente célebre juicio de los trajes.

El asunto, atendiendo a los medios y a la reacción de los partidos políticos con representación parlamentaria (aquí y allá) parece no tener importancia. Camps está amortizado, dicen; el juicio le apartó del gobierno y el expresidente pagó la condena del escarnio público escuchando infinidad de veces sus vergonzantes conversaciones con una panda de chorizos. Ahora ni en el PP le darán bola, sentencian. Esperan que estemos todos tranquilos y satisfechos, porque todo ha acabado bien. Y aparentemente lo han conseguido. ¿Pero es así? 

Hagamos la mínima memoria de los hechos. Francisco Camps, cuya gestión al frente del gobierno valenciano derivó en la especial virulencia (impagos generalizados por parte de la administración, paro y deuda por encima de la media estatal, poder adquisitivo per cápita por debajo...) con que la crisis se está viviendo en la comunidad, mantuvo durante los años que fue responsable de la Generalitat una relación personal de amistad con algunos integrantes de una panda de estafadores, cuyas empresas se vieron ampliamente beneficiadas con contrataciones públicas desde su ejecutivo. 

Un reducido número de medios de comunicación da cuenta de estas irregularidades, pero el rodillo mediático mayoritario les resta importancia y permite a Camps reeditar su presidencia por la vía de las urnas. Afortunadamente, la fiscalía emprende una investigación que deriva entre otras en una causa que acabará juzgándole por haber recibido presuntamente regalos de la trama corrupta. Solo este juicio, y no todas las evidencias aireadas en la prensa durante años evidenciando un comportamiento cuanto menos poco ético para un representante político, fuerzan a Francisco Camps a renunciar a su cargo. 

Finalmente el juicio tiene lugar y ninguno de los testigos que desfilan ante el jurado prueba de alguna manera que Camps pagara sus regalos, mientras no faltan los testimonios asegurando que no lo hacía ("cuando le tendí el tique me dio la mano", recordó una cajera en el testimonio más esclarecedor, al margen de las grabaciones en las que los corruptores hablan de sus presentes). Pero sorprendentemente, la defensa consigue convencer al número de jurados necesario para obtener la sentencia de "no culpable". Camps, ya había celebrado una fiesta la víspera de escucharla. La mayoría de los periodistas que seguimos el juicio concluimos que el asunto apestaba, pero pese a enviarnos allí durante semanas, la mayoría de medios —casi todos los corporativos— no nos pidió que valoráramos el veredicto cuando éste se produjo (eso ya se reserva a las plumas que se codean con la clase política). 

La sentencia, no obstante, era recurrible, pero la fiscalía anticorrupción del Estado, que recientemente había cambiado de titular con el acceso al gobierno de Mariano Rajoy, decidió que la cosa ya estaba bien. Solo la acusación particular del PSPV lo hizo —gracias—, el recurso se admitió, y finalmente, ayer, el Supremo ratificó la opinión de la fiscalía, ciñéndose a que el texto de la sentencia no presentaba defecto de forma, sin entrar a valorar lo que se expuso en el tribunal valenciano. 

Ayer la noticia apenas tuvo importancia en los medios estatales y poca en los valencianos. Partidos como Compromís y Esquerra Unida casi no dijeron esta boca es mía, y PP y PSOE poco más. Regreso al inicio; ¿es para darse por satisfechos? ¿Que Camps renunciara y sufriera el escarnio público temporalmente —en breve será un mártir, no lo duden— es suficiente? ¿Que el PP no vuelva a ofrecerle cargos de responsabilidad a corto plazo es suficiente? ¿Y qué pasa con la Justicia española? ¿Qué pensar de unos partidos que se toman todo esto como un juego? ¿Qué fiabilidad ofrecen los medios de comunicación corporativos que hacen lo mismo? Parece, atendiéndoles, que no pasa nada; pero al contrario, lo que pasa es muy gordo, y está muy arraigado. ¿Pasamos, como quieren, a otra cosa?

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