27 febrero 2013

Unas protestas genuinamente falleras


Cuenta la leyenda que hubo un tiempo en que las Fallas fueron unas fiestas utilizadas como vía ciudadana para canalizar su descontento, denunciando en los monumentos de cartón piedra a los malos vecinos, los malos gobernantes y sus políticas, y finalmente prendiéndoles fuego la noche de San José. Eso cuenta la leyenda, sí. Pero si son ustedes de València o están mínimamente familiarizados con la fiesta, sabrán que es eso precisamente, una leyenda. Excepciones muy excepcionales al margen, los monumentos falleros hace décadas que no hablan de las realidades de los barrios en que se ubican, ni tampoco denuncian la mala gestión de los gobernantes autóctonos. Más bien al contrario, no faltan los ejemplos de comisiones que les bailan el agua, habida cuenta de que las autoridades locales son las encargadas de ofrecerles las subvenciones con que se les dota anualmente y —más importante aún— los permisos para hacer de las calles colindantes a la falla el coto privado en el que campar a sus anchas, pisoteando —en la medida de lo posible— los derechos del resto de los vecinos. 

Sin crítica; sin espíritu conciliador; sin aprecio por lo propio (el maltrato al valenciano en muchos monumentos es propio de analfabetos, y la música en valenciano es por lo general ignorada por las comisiones); reproduciendo un modelo machista que otorga a la mujer un papel decorativo; y tomando como momento cumbre una ofrenda floral confesional impuesta por la dictadura franquista; las Fallas hace tiempo que no inquietan a las autoridades locales

Sin embargo, estos últimos días, una iniciativa ciudadana parece haber roto esta calma chicha. No es otra que la de animar a los ciudadanos que así lo deseen, a aprovechar el viaje a la plaza del Ayuntamiento para asistir y disfrutar de las mascletàs, para mostrar su crítica y su rechazo a las autoridades que osen asomarse al balcón del consistorio y que merezcan la burla. El asunto no tiene nada de antifallero, más bien al contrario, pues alguno de los colectivos impulsores de la iniciativa propone evidenciar el malestar de manera irónica; como por ejemplo, aireando sobres. Además, en ningún momento se propone entorpecer el ritual de la mascletà, que por lo demás, han pagado estos mismos ciudadanos con sus impuestos. 

A simple vista, sería todo correcto. Pero la reacción de las autoridades está siendo airada. "Que se lo piensen bien" ha amenazado a la ciudadanía el concejal de Seguridad Ciudadana, Miquel Domínguez, que, tratando de confundir a los más ingenuos, ha pedido a los que deseen protestar que "respeten a todos los valencianos que quieren disfrutar una fiesta abierta y popular cuya celebración preparan durante todo el año y a la que dedican un gran esfuerzo económico y de tiempo para que salga bien". Pero, por mucho que quiera Domínguez, ni el equipo de gobierno municipal son "todos los valencianos", ni las mascletàs son suyas, sino de los mismos que, si lo desean, pueden ir a ellas a criticarle. Al fin y al cabo son ellos, —ahora sí— los valencianos, los que pueden disponer de su fiesta como deseen. 

En todo caso, la ciudadanía debería tomar nota de esta reacción —a la que se ha sumado también el concejal de Fiestas y presidente de la Junta Central Fallera, Francisco Lledó— y el contraste con la indiferencia mostrada por las autoridades autóctonas ante protestas como las del pasado 23F, que evidencian claramente qué movimiento les duele y cuál no. Así que ya saben los valencianos; si quieren, estas fiestas pueden hacer 3x1: mascletà, protesta y crítica con ironía.  No se me ocurre nada más genuinamente fallero.
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