17 enero 2013

La solución a la crisis del periodismo

A estos profesionales no los considero mis colegas. No son los únicos.
Hace tan solo unas horas un nuevo ERE dejó sin empleo a una veintena de trabajadores del diario Las Provincias. Como hace escasas semanas con el caso de los primeros despidos en RTVV, las muestras de solidaridad de sus colegas no tardaron en aflorar en las redes sociales. "Ánimo a los compañeros", "siempre pagan los mismos", "sin periodismo no hay democracia" y otros lemas similares se repetían en los mensajes lanzados por bastantes periodistas y muy poco (si no ninguno) ciudadano anónimo. Yo, como ya hice con RTVV y también en otros casos anteriores, guardé silencio, pero no por insolidaridad, sino para evitar echar —con mi opinión al respecto— más sal en la herida. Sin embargo, a la vista de que esta no se cierra y no percibo que —a pesar de la infinidad de artículos que se escriben sobre la actual situación del periodismo— nadie lance el mismo diagnóstico para determinar su origen, hoy me he sentido llamado a compartir el mío con ustedes.

¿Por qué los medios de comunicación despiden a periodistas por centenares y a la ciudadanía le importa un bledo? ¿Por qué despedir periodistas sale tan barato? Parecen preguntas complejas, pero la respuesta es bien sencilla: por culpa de la gran mayoría de los empleados de los medios. Más de un colega se rasgará las vestiduras al leer lo anterior, pero los casos de RTVV y Las Provincias son ideales para explicarlo con más detalle. El periodista es un profesional de la información que se debe a su audiencia y que pretende informarle con rigor de los acontecimientos que se producen a su alrededor, fruto de lo cuál obtiene su aprecio y su respeto. En cambio, desde hace mucho tiempo, la mayoría de medios —y RTVV y Las Provincias son dos ejemplos excelentes de ello— han ido relegando en sus redacciones a los periodistas, sustituyéndolos por empleados más dóciles que, con mayor o menor pericia, han relatado a sus respectivas audiencias una construcción artificial de la realidad a imagen de los deseos e intereses de sus propietarios. Si para ello ha habido en muchas ocasiones que distorsionar los hechos, mentir o atentar contra la información y el derecho de los ciudadanos a estar bien informados, a estos profesionales aparentemente no les ha importado.

¿Son culpables entonces de ese cambio impulsado desde las cúpulas empresariales de los medios? A la vista de que el relevo entre periodistas y "profesionales de la redacción" se ha producido de un modo gradual, cada uno podrá determinar su grado de complicidad con la devaluación de la profesión. Sin embargo, no cabe duda de que cada periodista que antes de acceder a firmar noticias sesgadas o falsas no se opuso rotundamente a hacerlo; cada trabajador que no se unió y dio cobertura a su compañero cuando le vio en esa difícil situación; cada redacción que no se plantó cuando su medio lanzaba campañas orquestadas y falsas con la finalidad de desinformar; ha contribuido a que el prestigio del periodismo se deteriorara hasta la actual situación y a que a ningún ciudadano le importe si la propaganda del día se la contará este o aquel vocero.

Y al margen de la responsabilidad en la pérdida del valor de la oferta mediática, también es responsabilidad de muchos profesionales la pérdida del valor del trabajo en los medios. Cada estudiante, titulado o profesional que accedió a una plaza laboral con un contrato de prácticas para realizar funciones de un verdadero periodista; cada especialista remunerado en su sector que ofrece sus piezas gratuitamente a medios con recursos para pagar a verdaderos profesionales; cada redactor dócil que se presta a firmar la propaganda que un periodista honesto jamás realizaría; contribuye a que el salario de los encargados de llenar las páginas de los diarios o los minutos de radio y televisión sea cada vez más reducido.

Y no solo eso. Tanto unos como los otros, no solo abaratan el periodismo y el sueldo de los generadores de contenidos, sino que dificultan el acceso de los periodistas honestos y valientes a los medios de comunicación, que han acabado convertidos en los difusores de propaganda a los que mayoritariamente tenemos acceso estos días a través de nuestras radios, televisores y ordenadores. Estos profesionales son los peores enemigos del periodismo. 

Lamentablemente, tanto en RTVV como en Las Provincias ha habido mucho tanto de unos, como de los otros, y mientras se estuvo a tiempo de remediarlo (no se equivoquen, también en El País o El Mundo, donde las redacciones nunca se han plantado para frenar a sus jefes cuando sus medios lanzaban campañas falaces contra gobiernos extranjeros o propios) casi nadie hizo nada. El que lo hizo —muy solo en la mayoría de los casos excepcionales— se fue a la calle. Mientras tanto, muchos otros periodistas, los que nunca habrían accedido a pasar por el aro, jamás tuvieron la oportunidad de trabajar en esas redacciones, pues los puestos los ocupaban "profesionales" dóciles. Y finalmente ahora, cuando el oficio se ha desprestigiado y prácticamente no vale nada, algunos de los que contribuyeron a ello (junto a algunos de los periodistas incómodos que aún quedaban en las redacciones) también se ven de patitas en la calle. No cabe generalizar, pero con este currículum, es difícil sentir pena por muchos "profesionales" de los medios.

Sin embargo, al tiempo que no faltan las muestras de solidaridad entre "colegas" —yo a muchos de los despedidos no los considero colegas míos, puesto que lo que ellos hacían no tiene nada que ver con lo que yo hago—, es imposible encontrar el testimonio de un despedido alzando la voz reconociendo su miseria. "Yo mentí reiteradamente a los espectadores por orden de mis jefes y mirad de qué me ha valido", podrían decir decenas de despedidos de RTVV. "Trabajé por un puñado de euros y me obligaron a firmar piezas de propaganda, y aún así me han tirado a la calle", podría reconocer alguien de Las Provincias. Tampoco se escuchó a la redacción de El Mundo clamar contra el desprestigio de la campaña de ETA y el 11-M, ni a la de El País denunciar la bazofia de sus campañas electorales contra Chávez, Morales o Correa, que realizadas con su complicidad no han evitado despidos masivos. Quizás así los que quedan entraran en razón. Pero no.

Se clama en cambio, de la mano de la FAPE, el lema de "Sin periodismo no hay democracia". En cambio, si lo que se quiere es acabar con el desprestigio y la devaluación de la profesión, la consigna debería ser otra, más del estilo "Sin periodismo no hay democracia, y con "periodismo" como el que les damos habitualmente, tampoco". Porque esto no tendrá remedio mientras los periodistas que permanecen en las redacciones no se planten ante los amos de los medios y se nieguen a realizar propaganda o marear a la audiencia; mientras se produzca el "intrusismo" de aquellos que —titulados o no— acceden a los medios dispuestos a traicionar el derecho a la información solo para conseguir un puesto de trabajo; mientras los periodistas consideremos nuestros colegas y tratemos como tal a aquellos que día a día traicionan el periodismo. Mientras eso no pase, en papel o digital, en radio o televisión, el periodismo seguirá caminando, empujado por sus mismos responsables, hacia la muerte. ¿De verdad queremos acabar con el desprestigio del periodismo? De acuerdo, ¿qué día nos plantamos?

PD: Mi colega y amigo Julià Álvaro escribe también sobre el desprestigio de la profesión en un reciente artículo, Se paga mejor la propaganda que la información, cuya lectura les recomiendo.
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