17 junio 2012

España, suicidio pasivo


Grecia ha tenido que estar al borde del abismo para que una buena parte de sus ciudadanos haya dejado al fin de creer el cuento de que los "radicales" de izquierda —la izquierda real— son una amenaza. Foto: Syriza.

Comienzo a escribir estas líneas cuando falta menos de media hora para que cierren los colegios electorales en Grecia, donde se celebra un sufragio del que —dicen— depende también el futuro de la economía española. En ellos se enfrentan principalmente dos bandos: por un lado el de los dos partidos clásicos bajo cuya gestión se ha arruinado el estado heleno, y que son partidarios de que la ciudadanía soporte aún más sacrificios que los infligidos por el FMI, la —desunida— Unión Europea y el Banco Central Europeo desde su intervención en 2010 con el fin de permanecer en la zona euro; y por otro el que lidera un partido de izquierdas, que propone —entre otras medidas— aplazar el pago de la deuda para poder primero regenerar la economía del país y garantizar los derechos de los ciudadanos (además de otras medidas sociales), auditar el verdadero valor de la deuda y renegociar sus condiciones, aunque eso sea a costa de la salida de la zona euro*.

Los griegos hace ya muchos meses que viven en el filo, pero no por la amenaza de los mercados, sino por el chantaje de sus presuntos rescatadores. Citando el artículo de Enric González hoy en El País, "el índice de desempleo rebasa el 22%, y el 50% entre los menores de 30 años, pese a la reducción de los salarios en un tercio; los únicos comercios todavía con clientes son los de alimentación; las multinacionales empiezan a marcharse; la Seguridad Social ha sido destruida; aumentan en paralelo la delincuencia y la xenofobia; y el turismo, una de las grandes fuentes de riqueza, está huyendo". Ese es el resultado de dos años de intervención y hoy, ahora, todavía hay dudas entre si los griegos se decidirán entre la opción que apuesta por continuar con la agonía hasta la inevitable muerte o por la que pretende plantar cara ahora que todavía mantienen algunas constantes vitales.


No me faltan amigos que observan esto con admiración, pero yo sigo asistiendo al fenómeno con pasmo. ¿Tan mal está nuestra sociedad que hasta al borde de la muerte el sistema sigue engañando a millones como a idiotas? Yo ya lo dije hace tiempo, no envidio a los griegos, no quiero ser como ellos, pero cada vez me cabe menos duda de que, si no reaccionamos de una vez, acabaremos igual.

Durante meses nos juraron y perjuraron que España no era Grecia, pero la pasada semana nuestro gobierno anunció el primer gran rescate de la Unión Europea al país. En las primeras horas "el préstamo" era a la banca, sin condiciones al Estado, y sin intervención del FMI; a los dos días, se reconocía que estaría vigilado por la troika —cuyo "rescate" ha llevado a Grecia a la agonía—; y una semana después aún no sabemos a cuánto ascenderá ni el precio que habremos de pagar, aunque las primeras "recomendaciones" ya llegan desde el FMI en forma de subida de los impuestos indirectos —los que pesan sobre las economías medias y bajas más que sobre las altas— y bajada de los salarios de los funcionarios. Pese a ello, las únicas exclamaciones orquestadas que se escuchan en las calles son las que gritan gol. En los medios de comunicación/persuasión de masas se fomenta y se refuerza la estulticia: "que las alegrías del fútbol ayuden a olvidar las desgracias del día a día", dicen los agitadores del sistema desde las ondas cuando llega la media noche.

Nada diferencia a España de la Grecia de hace dos años, al margen de su tamaño, aunque la mayoría de voces reproducidas en los medios nos juran que no es así. Eso sí, son los mismos que hace un lustro aseguraban que el precio de la vivienda nunca bajaría, que hace menos decían que nuestro sistema bancario era el más seguro del mundo por el modelo de cajas de ahorro, o que llevan tres décadas afirmando que la transición de la dictadura de Franco a la actual oligarquía encubierta era ejemplar, pese a que ningún país del mundo en similares circunstancias haya seguido su modelo. No obstante, millones de españoles siguen confiando en ellos y los votarían de nuevo si se les consultara mañana. Apostarían mayoritariamente, como quizás hayan hecho hoy los griegos, por el suicidio pasivo. Quizás —en un rato lo sabremos— muchos griegos hayan reaccionado y optado por plantar cara a la extorsión, aunque me temo (así lo apuntan todas las encuestas) que no será de una manera rotunda. Sea como fuere, insisto, no debemos aspirar a eso, ni confiar en reaccionar tarde y tímidamente como ellos, ni esperar a que algo sucederá que permitirá mantener nuestro mediocre statu quo, aunque vayamos por esa senda. Reaccionemos. Actuemos ya.

*Efectivamente, hay un cuarto partido de gran aceptación, de extrema derecha, aunque su discurso imbécil no merece —al margen de poner de manifiesto el alto precio que se puede llegar a pagar por el fomento de la ignorancia— ser tenido aquí en cuenta, pues apela y es seguido por los sectores más estúpidos de la sociedad.
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