23 abril 2012

Un país llamado X


Dado que la situación que nos rodea parece haber entrado en un bucle del que todo apunta que solo podremos salir hecatombe mediante, hoy les propongo un juego. Imagínense que ustedes pueden especular con la deuda de países extranjeros. Yo les voy a hablar de uno, al que llamaremos X, y al final decidimos si es atractivo para invertir en él.

Según las informaciones que nos llegan de X, el país está atravesando un mal momento. El sector económico principal de X es —debido a su posición geográfica y clima privilegiados— el turismo, siendo uno de los destinos preferidos por determinados ciudadanos del norte de Europa para acudir durante unos días a emborracharse. El otro pilar económico en el que ha apoyado su crecimiento durante los últimos años ha sido la construcción, un sector finito y no competitivo, el de poner un ladrillo encima del otro, en el que cualquier gobierno avanzado descartaría apoyar sus finanzas. Tras el estallido de la burbuja especulativa en torno a este sector, la riqueza artificial del país se ha venido abajo y actualmente X registra el índice de personas sin empleo más alto de su entorno con creces.

X se encuentra al filo del abismo, pero aún —según se dice— tiene margen de actuación; un margen que los ciudadanos decidieron recientemente conceder a un nuevo gobierno. Este tiene una difícil papeleta, pues además de la debilidad estructural de la economía del estado, X es un país salpicado por numerosos casos de corrupción política, muchos de los cuales se gestaron en las filas de su propio partido. Ante esta situación el nuevo gobierno de X, en lugar de concentrar sus esfuerzos en redirigir la economía del estado a sectores productivos competitivos y fortalecer la confianza de sus ciudadanos, ha apostado por tratar de hacer cuadrar las cuentas públicas aplicando todo el sacrificio en la ciudadanía, privándola de todos los derechos adquiridos en materia laboral y dificultando su acceso a los servicios públicos, como la educación y el sistema sanitario. La salida a la crisis que padece X se encuentra pues, para su nuevo gobierno, en convertir a la mayor parte de su ciudadanía en mano de obra barata. Respecto a la corrupción no ha tomado ninguna medida ejemplar.

Frente a esto, la ciudadanía de X no reacciona de ninguna manera, al margen de frenar el consumo de una manera alarmante, lo que está agudizando aún más la crisis. El último gran movimiento común de sus ciudadanos se produjo en torno a un partido de fútbol, que paralizó al país. Cabe señalar, para determinar el grado democrático de X, que su forma de gobierno es una monarquía parlamentaria, en la que el jefe del estado es un rey que heredó el trono del dictador que sumió al país en su actual retraso durante 35 años de una dictadura impuesta sobre centenares de miles de cadáveres. Mientras X padecía uno de los peores momentos de su crisis actual, se descubrió que su rey se encontraba —al parecer junto a una de sus amantes— cazando en uno de los países más pobres del planeta.

No obstante, esto no ha desembocado en una reacción ni siquiera tibia de los ciudadanos —y mucho menos de los medios de comunicación/persuasión de masas— de X reclamando la supresión de la monarquía o su asignación millonaria. Al contrario, los ciudadanos de X asisten impasibles al recorte de sus servicios públicos mientras el ejército, los administradores de la creencia religiosa mayoritaria seguida por sus ciudadanos o el rey y su familia mantienen sus privilegios y partidas económicas. Además, tratar de rectificar o señalar errores, aunque parezcan del pasado, se paga caro en X: un juez que trató de investigar sobre los crímenes del dictador antes mencionado y la corrupción que anida en el partido que ahora gobierna el estado, fue expulsado de su carrera judicial, ante el asombro del resto del planeta y —una vez más— la pasividad de los ciudadanos del país.

Así pues, ante este panorama, ¿invertirían ustedes en X? Su prima de riesgo no para de crecer...
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