05 septiembre 2011

Aún mandamos


Regresa uno del verano y lo hace con pocas ganas. Pero el desánimo esta vez es especial, más profundo. Y es que se regresa a una guerra en la que los elegidos para comandar las tropas, en lugar de arengarlas, de trazar planes que logren ganar batallas y finalmente la contienda; no paran de desanimarlas y de regalar victorias al enemigo sacrificando al tiempo su bienestar (el de las tropas, obviamente). Los sacrificios hasta ahora han sido muchos, aunque no han propiciado victoria alguna. Y tampoco se recuerda un solo enemigo abatido. Todos siguen en sus puestos, vivos y coleando, e incluso se podría decir que a algunos se les ve más saludables.


En esas estamos: el panorama era sombrío cuando nos fuimos y lo es más a nuestro regreso, cuando quienes comandan las tropas y el grupo de generales que se prevé como única alternativa a sustituirlos al frente de la ya famélica tropa, acaban de pactar una nueva rendición, quizás la más grande y absurda, al convertir en ley que en adelante solo podremos combatir bajo las reglas que dicta el enemigo. ¿Cómo regresar con ánimo a la batalla si los generales dicen que el único medio de garantizar nuestra pervivencia es ofrecernos en sacrificio? Parece una paradoja pero no lo es. Es una mentira.

Afortunadamente, no todo es negativo. La última rendición, consensuada por los comandantes de las dos facciones con más respaldo popular, evidencia una cosa: que los que mandan, cuando quieren hacer algo, lo hacen. No hay que estudiarlo, ni someterlo a consejo, ni llevarlo en el programa, ni consultarlo con la ciudadanía. Cuando han querido someter la carta magna de nuestro estado para oficializar el sometimiento de España a la fe neoliberal, no han necesitado más de dos semanas para tramitarlo. Por eso, si la ciudadanía no es estúpida, no creerá ya en promesas de sus gobernantes, sino en hechos.

Y también por eso, a pesar de lo negro que nos pinten el panorama y lo mucho ya perdido, debemos sobreponernos al abatimiento. Casualmente estamos a menos de tres meses de la batalla que más preocupa a nuestros generales, y ahora toca ser exigentes, negarse a que ellos y sus voceros nos tomen por tontos. Unos y otros tienen mando en diferentes plazas, y frente a sus hechos, sus promesas no valen nada. Pidámosles que actúen y que nos den victorias; desoigamos sus mentiras y atendamos a cada uno de sus movimientos —en el estado y en las comunidades autónomas— para ver a quién están haciendo unos y otros pagar las facturas. Y si no nos gustan, hagamos que en la batalla que más les interesa, sean ellos los que muerdan el polvo, los sacrificados, y ocupen sus poltronas gentes nuevas. Porque aunque traten insistentemente en que lo olvidemos, de nuestro destino aún mandamos nosotros.
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