09 febrero 2011

Seguridad/Flexibilidad


La penúltima vez que hablamos estaba medianamente feliz. Después de un tiempo sin encontrar trabajo de lo suyo, llevaba una semana empleada como técnica en una empresa con un interesante volumen de producción que sirve productos a Mercadona. El lugar de trabajo estaba a varias decenas de kilómetros de València, pese a ello la jornada era partida —una estupidez muy común en esta España nuestra—, y, como tantas otras veces, no tenía del todo claro cuál iba a ser exactamente su retribución, pero pese a estos inconvenientes no acababa de desanimarse. Quizás esta vez, con los 30 bien pasados de largo, era la buena.

Sin embargo, cuando hablé con ella anteayer, estaba totalmente abatida. Lo largo de las jornadas laborales (a las que sumaba el tiempo de los viajes de ida y vuelta y las horas muertas entre mañana y tarde), así como el dinero gastado en gasolina y la escasa recompensa reflejada en la primera nómina (muy por debajo de su cualificación y la tarea que desempeña), habían hecho mella en ella. Pero eran lo de menos. Todos los días acababa haciendo minutos de más, y la cosa se fue estirando enseguida hasta que su superior directo le pidió que trabajara horas extraordinarias; y cuando preguntó qué compensación tendría por ellas, le dijeron que ninguna. Se negó a hacerlo y trató de encontrar la solidaridad de sus compañeros, pero lo que recibió fue el silencio. Todos las hacían, bastantes; y como ella, regresarían a sus casas con solo diez horas por delante antes de regresar de nuevo al tajo. "Es una empresa familiar", "están chapados a la antigua", "seguramente Mercadona les apriete mucho, ya sabes, siempre precios bajos", se excusaban. Unos y otros temían perder su puesto de esclavitud.

Ella, una de las mujeres más maravillosas que he conocido, me dijo que, pese a la soledad en que se encontró, no había dudado en seguir tratando de salir a su hora en la medida de lo posible, y en explicar a sus superiores, pese a que su puesto peligrara, cuáles eran sus motivos. No obstante, pese a su dignidad, pese a las ganas de trabajar que tenía y que siempre ha tenido, pese a haberla visto caer y levantarse mil veces, esta fue la primera vez que me dijo que ésta era la última. Y su tono parecía confirmarlo. Me hablaba de que, tras años de explotación, tanto en trabajos humildes, como en otros cualificados (entre los que hubo becas universitarias sin cotizar a la Seguridad Social), ya le daba igual trabajar donde fuera. Me hablaba, con todo lo que ella vale, de huir. ¿Quién tiene la culpa de todo esto? ¿Puede alguien hacerme creer que las medidas que se están tomando son para solucionar esto? ¿Que cuando reforman el mercado laboral o endurecen las condiciones para obtener una pensión digna piensan en ella? ¿En nosotros?
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