19 enero 2011

Cuarto poder


Es cierto que hemos hecho mucho para perder nuestro prestigio. Nuestras empresas siempre fueron más flexibles con las maldades de nuestros anunciantes que con las de los que no lo son. Por otro lado, por tener un puesto de trabajo en ellas o mantenerlo, muchos compañeros se mostraron más flexibles con los deseos de sus jefes —aunque fuera en perjuicio de narrar los hechos tal y como los habían contemplado— que otros candidatos a ocuparlo con un sentido de la responsabilidad social que se supone a un periodista más interiorizado. Y con cada cesión, la rigurosidad e independencia, ese sentido de responsabilidad, se fue diluyendo progresivamente, hasta que se considera un profesional de lo nuestro a cualquier cosa.

Hoy en día, millones de ciudadanos de nuestro país creen estar informándose al ver un “informativo” de Antena3 o Telecinco (Cuatro o La Sexta), donde bustos parlantes escogidos por su belleza, dan paso a una sucesión de piezas impactantes, enfocadas por su perfil más amarillento, y sin intención alguna de ayudar al espectador a entender la realidad en la que vive; y que no son más que una excusa para dotar de una relativa dignidad a la segunda parte del programa en la que podrán contemplar una sucesión de goles y cotilleos futbolísticos. La gente considera a los que elaboran todo esto periodistas, y quizás lo sean, aunque lo que realizan no sea ni mucho menos periodístico. La gente, gracias a nuestra dejadez y nuestro silencio (no de todos, pero sí generalizado), cree en su mayoría que los chavales que gesticulan ostentosamente y se muestran alucinados al ver freír un huevo en España Directo son periodistas ejerciendo nuestra labor; que los maleducados que se sientan en los espacios de carnaza del corazón, también lo son.

Nos merecemos pues, haber perdido el respeto del ciudadano, porque durante los últimos años, incluso décadas, gremialmente hemos ido abandonando el ejercicio de ese oficioso cuarto poder, fiscalizador de los otros tres y encargado de ayudar a los demás a conocer nuestro entorno; para abandonarnos al espectáculo o a un pseudo funcionariado mal pagado y sin seguridad laboral alguna. Ahora bien, la ciudadanía, que nos juzga en general por este presente, no debería olvidar nuestro pasado, para qué ha servido el periodismo y lo que ha brindado al progreso de la sociedad. Saber qué es periodismo, valorar el que está bien ejercido y protegerlo.

La pasada semana, en una rueda de prensa del presidente de la Generalitat Francisco Camps, entre periodistas acomodados o temerosos, emergió uno que, ejerciendo con ejemplaridad su función, interpeló al político por los casos de corrupción que le salpican; a lo que este respondió primero ignorándole, y después, en petit comité –junto a otros dos cargos de diferentes partidos- con desprecio. El periodista, ejerciendo de portavoz de la ciudadanía, de intermediario de su curiosidad, recibió el desprecio del gobernante y sus colegas. Pero el desprecio, que no se equivoque nadie, no fue para el periodista. A los que despreciaban los tres sujetos impresentables es a los ciudadanos, y lo que les molesta es que todavía queden algunos profesionales que realicen dignamente su labor para que la sociedad no retroceda. Sería muy valioso que la ciudadanía reivindicara y valorara a periodistas como éste, al tiempo que condenara y despreciara a políticos que, como aquellos, nos prefieren menos informados y, por tanto, menos libres.
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