26 enero 2011

Como para regalar el voto


A meses de unas elecciones autonómicas y municipales, quizás con la excusa de que éstas están de por medio, un asunto alucinante ocupa horas y horas en radio y televisión y un espacio ingente en la prensa escrita: el hecho de que parece cantado que el Partido Popular vaya a gobernar el destino del estado como resultado de las nefasta política económica del PSOE durante los últimos años. Así contado, o adornándolo de cualquier manera que impida entrar al más mínimo detalle, la cosa podría resultar hasta lógica: el partido mayoritario de un signo político ha fallado y es lógico que el mayoritario de signo contrario, bien por abstinencia de respaldo al otro partido o por la esperanza de unas políticas diferentes, fuera el favorito a alzarse con la victoria. Pero lo paradójico del caso español es que el gobierno del que parecen hartos los ciudadanos ha practicado las políticas de su rival, y como castigo la ciudadanía, harta de ellas y de sus resultados, parece caminar convencido a entregarse a quien aún las llevará más lejos. Como estar harto de comer y, para evitarlo, acudir a un buffet libre. Y uno no sabe si es más alucinante que mucho ciudadano de a pie esté pensando en tomar tan absurda decisión, o la cantidad de periodistas y especialistas paniaguados que se multiplican en los medios y que prefieren hacer la vista gorda ante colosal incoherencia.

Ciertamente, la esperpéntica situación no habla bien ni de unos ni de otros. Si uno atiende a las informaciones que nos llegan de lejos, de los países en los que nos gusta mirarnos y admiramos, además de ver bailar a los grandes partidos, vemos irrumpir fuerzas nuevas, como crecen nuevos partidos y ganan respaldo entre la población descontenta. Efectivamente, también irrumpen en algunos partidos de ultraderecha, pero hasta esa desagradable noticia da muestra de que hasta los más idiotas ven que para que haya un cambio, no vale quedarse en lo mismo. En cambio, en España, aunque haya múltiples opciones y cada vez afloren más, los ciudadanos, empujados por los poderes fácticos y sus medios de comunicación, parecen abocados a elegir entre dos. Y si la situación española es lastimosa, la valenciana, avanzadilla del declive de nuestra aún joven democracia, es peor. Gobernados por una banda de personajes salpicados por múltiples casos de corrupción y que han llevado su administración a la ruina, los ciudadanos parece —según apuntan múltiples encuestas— que podrían otorgar a sus gobernantes una victoria aún más amplia. Votantes y especialistas lo justifican asegurando que "el contrincante aún es peor". ¿El contrincante? ¿Que solo hay uno?

Hace unos días Joan Laporta visitó València para presentar aquí el partido con el que, en tan solo unos meses de actividad, logró representatividad en el parlamento catalán. No lo votaría en la vida, pero, viéndole, sentía envidia de Cataluña (¡hala lo que ha dicho!), porque el éxito de su partido, la subida del PP, la bajada de ERC i PSC, o la confianza renovada en IpC y Ciutadans en las pasadas autonómicas catalanas, es la última muestra de que todavía hay sitios en los que la gente es capaz de depositar su voto tras reflexionarlo, dando oportunidades, premiando o castigando políticas. En España se está tratando de que cada vez que pase menos eso. Y la Comunitat Valenciana, la cleptocracia que tan bien describe mi colega Lucas Marco, es el destino final al que conduce ese camino. Como para regalar el voto así como así.
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