23 noviembre 2010

Y que la compre un amigo

Coleaban ayer en algunos medios de comunicación valencianos unas declaraciones realizadas a la Cadena Ser por el presidente del consejo de administración de Ràdio Televisió Valenciana nombrado por el PP, Emilio Fernández, en las que este apuntaba que la privatización era "la única salida" que le queda al ente para salir adelante debido a su ruina económica. Dejando a un lado la obviedad de que la privatización acabaría de raíz con la razón de ser de RTVV, lo cierto es que las palabras de Fernández servían al menos para poner de manifiesto una realidad supina: que la radiotelevisión pública valenciana es una ruina tras lustros de gestión del PP. El consejero no señalaba específicamente que eso difícilmente lo solucionarían los mismos que lo han creado, y simplemente, como buen conservador, apuntaba que las manos privadas seguro que lo hacían mejor, sumándose a la propuesta lanzada por el PP nacional que abogaba por la posibilidad de privatizar todos los canales autonómicos.

Lamentablemente, la oposición valenciana se lanzó de inmediato a la crítica ante la posibilidad de que se privatizara el medio (cuando lo cierto es que ya funciona como un medio "privado" para servir a los intereses del PP, aunque costeado con dinero público e incumpliendo sistemáticamente los objetivos por los que se fundó) y le sirvió en bandeja al Consell el desmentido de su posible privatización. Lo divertido en esta ocasión habría sido, en lugar de condenar el comentario, haber cuestionado al Consell cómo lo harían. Y es que, habida cuenta de que el Partido Popular, allá donde ha mandado, solo ha privatizado las empresas públicas que ofrecían beneficios, entregándolas a compañeros de pupitre y otros amigachos; y, al menos aquí, solo ha nacionalizado las pérdidas —ya sean las de amigos como Aspar y Fernando Roig con Valmor Sports, mandados como el Juan Soler al que pusieron al frente del València CF, o todas las empresas públicas abiertas para emplear a los suyos y costear los carísimos edificios emblemáticos que plantaban por doquier—, a uno no se le ocurre cómo podrían haber colocado a un inversor privado una ruina como RTVV. Aunque mejor no les daremos ideas, que seguro que la acaban colocando a un amigo; eso sí, mientras nosotros y nuestras futuras generaciones seguimos pagando la deuda a escote.
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