22 noviembre 2009

Verdades y mentiras

De haberlo leído, seguro que más de un creyente habría calificado de bendición la publicación Billete de ida justo en pleno secuestro del Alakrana en aguas somalíes. Y es que el libro sirve a José Cendón, el fotoperiodista español secuestrado en Somalia hace ahora un año, además de para narrar cómo fue su peripecia, para hablarnos del país en que se produjo, y las claves que han hecho que la piratería, los secuestros y el pillaje, sean la principal fuente de ingresos de ese territorio con nombre pero sin estado. Casi lo primero es una excusa para lo segundo.

Gracias al libro -fantástico en los dos tercios que llevo leídos- los lectores podemos saber, de voz de uno de los pocos periodistas españoles que se ha adentrado en aquellas tierras, cómo los piratas y secuestradores somalíes jamás liberan a ningún secuestrado si no reciben a cambio el rescate; cómo se preocupan de que sus secuestrados se mantengan en buenas condiciones, pues son al final lo que garantizará su recompensa; o cómo siempre entregan a los secuestrados tras recibir el dinero pactado, pues eso dará fe, de cara a futuros secuestros, de que son gente de fiar, y así su negocio seguirá funcionando a pleno rendimiento. Del mismo modo, Cendón nos cuenta como la piratería o el secuestro no son las únicas fuentes de ingresos de los somalíes, pues también son legión los que se dedican a hacerse pasar por piratas, secuestradores o periodistas de la zona, de cara a ingresar las sumas que los periódicos extranjeros -que renuncian a enviar a sus periodistas al territorio- les ofrecen por reproducir sus fantasiosas historias atribuyéndolas a alguna fuente. Pero no es todo, pues también, a través del caso de su propio secuestro, los lectores sabemos que, mientras hay países como España en los que se airea a diario la relación con los secuestradores, en Gran Bretaña, de cara a facilitar que la negociación llegue a buen puerto, los medios sólo hablan de los secuestros el día que se produce y el día de la liberación. Y también que hay países como Australia y Canadá cuya política de negociar con terroristas se traduce en que dos de sus periodistas permanezcan secuestrados en Somalia desde agosto del pasado año.

Por eso se podría decir que la salida de Cendón podría haber sido una bendición, pues sabiendo todo eso de manos de una persona que puede hablar con propiedad del asunto, nos habríamos ahorrado una de las semanas más infames de la reciente historia de la democracia española a propósito del secuestro del Alakrana. Pero está visto que ni el gobierno que durante el secuestro trató de convencernos de que estaba en contacto con el "gobierno somalí" (sic); ni el Partido Popular que trató de hacer del drama un carroñero negocio electoral; ni las familias de los marineros, que optaron por dificultar el proceso con sus continuas salidas a la luz pública; y, ni mucho menos, los responsables de la práctica totalidad de los medios de comunicación de masas; ninguno de ellos, digo, parece que se haya preocupado de leerlo. Quizás el libro no sea sino una condena para los que lo han leído: por saber.

Y ahora mismo, aunque atendiendo a los medios de comunicación españoles sea difícil creerlo, decenas de barcos siguen secuestrados en aguas somalíes. Barcos que, como en el caso del Alakrana y los miles que tuvieron lugar antes, serán liberados -salvo rarísimas excepciones- sólo cuando se pague un rescate por ellos.

PD: El pasado jueves José Cendón estuvo en Valencia presentando una de sus colecciones que se expone ahora en el IVAM y en la rueda de prensa, además de mostrar su desprecio por el artículo de ciencia ficción que abría El Mundo ese día, daba un titular sencillo y contundente: "Allí o pagas o no te liberan". Al día siguiente repasaba yo uno de los centenares de ejemplares de El Mundo que se regalan a diario en las universidades valencianas a costa del dinero público (vayan a recoger el suyo, muchos días sobran) y no encontraba nota alguna en las páginas locales sobre la inauguración de la muestra de Cendón y sus declaraciones. Claro que, de haberla publicado, habría dejado en evidencia la montaña de mentiras y sandeces sobre la que se edificaba ese día -y las jornadas anteriores- el diario de Pedro J.
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