03 septiembre 2009

Viajar con otra mirada

Un niño corre descalzo, juega y disfruta, en la empedrada plaza central de la comunidad de Shandia.

¿Puede uno hacer turismo plácidamente cuando percibe cómo la gente que tiene relativamente cerca no puede disfrutar de sus mismas comodidades? Eso es lo que me preguntaba yo a las pocas horas de llegar a la humilde localidad de Shandia, donde se ubicaba un paradisíaco y recién estrenado alojamiento administrado por la comunidad, cuyas cuidadas condiciones parecían distar mucho de las que uno imaginaba encontrar en las viviendas de la zona. El pensamiento era inevitable, pero creo que precisamente ése es uno de los objetivos que pretende el turismo responsable: frente a la convencional oferta de pulsera "todo incluido que oculta tras las vallas de sus complejos la realidad de los países cuyas poblaciones empobrecidas explota para abaratar costes, el responsable proporciona a las poblaciones anfitrionas un elemento para obtener ingresos de una manera justa y les anima a mostrar su realidad a los visitantes. Aquí no se recrea un país de postal, se trata de mostrar una realidad. Y qué quieren que les diga, ese contacto con la gente es francamente enriquecedor.

En mi viaje lo fue en la citada Shandia, pero también en la comunidad de Poza Honda, donde la población montubia, además de mostrarnos la cultura y los ricos parajes de su zona, nos brindó una acogida difícilmente descriptible por lo cálida, cercana y entrañable. No obstante, la experiencia más especial fue la vivida en la comunidad de Santa Bárbara, en Cotacachi, en la que disfruté del alojamiento rural, mediante el cual el viajero es albergado y convive (en grupos de dos a tres personas) junto a una familia de la zona. Ernesto Arotingo, Digna Guandinango, y sus hijas Tamia, Huaita y Karen (y su gato Sucio) fueron los que me dieron, junto a la compañera Catherine Gegout, una acogida inolvidable, compartiendo con nosotros su hogar, sus alimentos y sus inquietudes, sus luchas diarias y sus alegrías, en la manera de viajar más sorprendente que he experimentado en mi vida (sensación que se incrementa si uno es tan pudoroso como un servidor y nota cierta incomodidad ante el hecho de meterse en casa ajena).

Entre otras cosas, en Santa Barbará pudimos enterarnos de cómo el agua es también allí una excusa para que los políticos de la zona ganen adeptos a base de enfrentar a pueblos hermanos (¿les suena de algo?); en Poza Honda, de cómo los distribuidores de cacao les engañaban al comprar sus cosechas, y cómo esto cambió cuando los vecinos aprendieron -de la mano de Fundación MCCH- a organizarse para vender sus cosechas; en Shandia, de cómo en la selva cercana, la tradición popular puede encontrar remedios para casi todos los males; y en todos ellos, de cómo la posibilidad de ofrecer este tipo de turismo*, ofrecía a sus comunidades una oportunidad de mejorar su calidad de vida. Desde lejos puede parecer anecdótico, pero de cerca el asunto no deja de tener una importante trascendencia. La experiencia valió la pena.

*Turismo que yo experimenté -lo menos que se merecen es esta cuña- gracias a la invitación de Maquita, responsable de algunas de estas experiencias en Ecuador, y de Acsud, que me cedió su plaza en el viaje organizado por esta operadora ecuatoriana de Turismo Responsable.

Ernesto y sus hijas, frente a la casa construida para ex profeso que duerman sus invitados,aparentemente más lujosa que la suya propia.

Guillermo, nuestro guía en Shandia, no duda en cortarse para enseñarnos el poder cicatrizante de una de las centenares de plantas que crecían en el entorno de la población.
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