15 septiembre 2009

Sin muerte nunca habrá resurrección

Como si del Oráculo de Delfos se tratara, todo el mundo miraba ayer hacia Bruselas para ver qué futuro vaticinaba la Comisión Europea para Asuntos Económicos a las diferentes economías de la Unión Europea. Pero para lo que se contó no hace falta precisamente ser pitonisa: simplemente pronosticó la cercana mejora de la economía en países como Alemania y Francia, mientras auguró que España no saldrá del pozo en el presente 2009 (y lo que te rondaré morena, podría haber añadido). ¿Hay que ser un lince de la economía para deducir semejante conclusión? No, simplemente cabe atender a la realidad y emplear un poco la lógica. La crisis internacional se debe a una debacle en el sistema financiero, mientras que en el caso español, además de perjudicar la estructura financiera, la crisis también dejó al descubierto la falacia de un sistema económico y empresarial edificado sobre la idea de que la construcción era una fuente de riqueza inagotable. Así, en el caso de que las medidas llevadas a cabo por la UE para revitalizar el sistema bancario surtieran efecto (que está por ver), los primeros países en recuperarse serían aquellos a los que la crisis exclusivamente hubiera afectado en ese sentido. Pero, ¿y España?

En España las opiniones mayoritarias, a tenor de lo escuchado y leído entre ayer y hoy, se dividen entre los que niegan los pronósticos alegando manías persecutorias, y los que encuentran en ellos la confirmación a la incapacidad del gobierno para manejar la situación, a pesar de no aportar por su parte ninguna solución alternativa en las regiones cuyo destino manejan. Sin embargo, ni unos ni otros (lo que no es lo mismo que todos) han observado que el hecho diferencial de la crisis española, propiciado por la burbuja inmobiliaria, sigue sin resolverse mientras ambos, que hay que dudar que no sean los mismos, miran para otro lado. En España, la crisis financiera internacional destapó la ya de por sí evidente existencia de esta burbuja, lo que se tradujo en una paralización del mercado de la vivienda, y por tanto de la construcción, sector que por sus dimensiones arrastró en su frenada a buena parte del tejido empresarial español. Sin embargo, la burbuja nunca explotó. Ningún gobierno ha considerado desde entonces gravar fiscalmente las segundas viviendas para penalizar la especulación con este bien de primera necesidad*, mientras que mediante la intervención estatal en bancos y cajas de ahorro, se consiguió que los precios de las residencias no cayeran en picado. En cambio, todo eso habría sido lo deseable. Efectivamente, miles de hipotecados durante la burbuja pagarían por sus pisos mucho más de lo que valen (al fin y al cabo fue decisión suya comprar entonces y contribuir a sobredimensionar el mercado), centenares de constructoras quebrarían**, y decenas de bancos y cajas verían -cuanto menos- reducidos sus beneficios por miles de millones, pues todos los pisos que tienen en propiedad a resultas de la quiebra de las constructoras se tasarían en su valor real -¿la mitad del actual?- y no en el que ahora mantienen artificialmente gracias a los ingresos del Estado.

Efectivamente, los efectos de la crisis habrían sido más duros y notables, pero los españoles nos enfrentaríamos a una situación real. ¿Habría sido la muerte? No creo que hubiera llegado a tanto, pero sin duda, desde ese punto bajo y real se podría haber comenzado el camino hacia la recuperación. Algunas familias, las que especularon con la vivienda, estarían desahuciadas, pero las que no lo hicieron, ante precios de la vivienda reales, volverían a considerar la compra. La no intervención del Estado hasta devenida la catarsis, habría puesto al descubierto los bancos y cajas que intervinieron y fomentaron -en el caso de las cajas, por orden de los respectivos gobiernos de las comunidades autónomas- la burbuja, lo que habría permitido depurar responsabilidades, castigar a los responsables, y finalmente, reparar un sistema bancario ya limpio (no como ha sucedido hasta ahora, en que las ayudas han servido para camuflar los errores de las entidades). En esas condiciones, desde más abajo, pero con el sistema purificado, el dinero habría vuelto a circular. Pero nada de eso ha pasado. En España, unos y otros (que no es lo mismo, insisto, que todos) continúan optando por proteger a los especuladores, banqueros y autoridades que agravaron la situación en la que nos encontramos, mientras esperan que un milagro haga desaparecer el problema de la burbuja inmobiliaria que les sirvió a todos para inflar los registros de su "buena gestión económica". Pero los milagros no existen. Protegen a algunos. Lo pagamos casi todos.

*En este punto cabe recordar que antes de la crisis el tripartito catalán iba a aprobar una medida de este tipo que podría haber frenado este aspecto de la crisis en Cataluña, pero CiU y las presiones del PSOE al PSC impidieron que se aprobara, arrastrando así también a esta comunidad.
**Trampear la situación, como está haciendo, tampoco ha evitado esto. Decenas de constructoras, grandes y pequeñas, han quebrado en los últimos meses. Quién sabe si una regulación radical de los precios y una regulación para evitar la especulación no habría, a largo plazo, salvado a algunas de ellas.
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