02 septiembre 2009

Aterrizajes


La primera imagen imborrable que me regaló Ecuador se produjo apenas tomada tierra en Quito. La nocturnidad de mi llegada me privó del impactante aterrizaje en el aeropuerto ubicado en pleno casco urbano (que, por cierto, tiene los días contados) y que, como comprobaría más adelante, da la impresión al viajero de que el avión no va a poder evitar caer sobre alguna de las miles de viviendas que inundan el valle en que se ubica la ciudad. No, aquella primera imagen se materializó ante mí al atravesar la puerta de desembarque y toparme con un mar inabarcable de rostros sonrientes. Y es que Ecuador, tierra hace una década de emigrantes forzados, recibe así a a sus visitantes merced a las decenas de familiares que se agolpan a las puertas del aeropuerto para recibir con ilusión a a alguno de los suyos, de regreso de buscar fortuna más allá de sus fronteras. La imagen de las mil sonrisas pues, no es para el turista, pero no por ello deja de ser una estupenda bienvenida.

Con ella terminaba en cierto modo mi aterrizaje físico, aunque el psicológico tardaría más en llegar. Las agencias de viaje suelen, en sus programas de visita a Ecuador que parten de Quito, detenerse en la urbe los primeros días, se comenta que para que el cuerpo de los no habituados se adapte a la elevada altura en la que se ubica la ciudad. No obstante, siendo la mía una visita especial con un apretado programa, con un Quito nocturno apenas visto en el trayecto del aeropuerto al hotel y uno diurno surcado de norte a sur con una rapidez ineficaz para que el visitante perciba las diferencias entre una parte y otra de la ciudad, abandonaba ya a la mañana siguiente la ciudad para partir hacia la Amazonía. Fue entonces, viendo cómo las condiciones de vida se agravaban vertiginosamente a medida que salíamos de la capital, cuando realmente recibí el shock que no me había dado la altura.

El tiempo de la estancia lo difuminaría, pero la escasez de recursos y las condiciones con que veía que parecían vivir muchos de los ecuatorianos me turbaron en esos primeros momentos y me impidieron disfrutar plenamente del buen recibimiento que junto a mis compañeros de viaje tuve en la pequeña comunidad de Shandia. Quizás para evitar ese otro shock sirvan también los primeros días en Quito. Porque seguramente, al ver a los niños y los indígenas que venden golosinas o limpian botas como quien pide limosna en las calles de su casco antiguo, o simplemente asomándose a su periferia sur, el turista occidental vaya haciéndose una idea de lo que encontrará más allá de sus límites. Y le será necesario si no tiene un callo en el alma.

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