06 septiembre 2009

18 días en el eje del mal

Dos aisladas pintadas en contra, ubicadas a escasos cincuenta metros de alguna de las fortificadas urbanizaciones de lujo ubicadas al norte de la ciudad de Quito, son un muy escaso bagaje para dar por buena la imagen de tirano radical que la mayoría de medios españoles venden de Rafael Correa como el tercero -por eso de tener más pinta de occidental que los otros- de los integrantes de ese eje del mal bolivariano que completan Hugo Chávez y Evo Morales, y que no deja a norteamericanos y europeos saquear latinoamérica en paz. Lo cierto es que, si no hubiera sido por la coincidencia de mi estancia con la polémica intención de Correa de cerrar una televisión privada especialmente crítica con su figura (que afortunadamente ha quedado en nada), entre lo percibido en mi estancia y lo relatado en España desde medios interesados, la distancia habría sido insalvable.

Y no es que no escuchara críticas a Correa a mi paso por Ecuador. La más notable es la que le plantean numerosas poblaciones indígenas, tras comprobar que su llegada al poder no ha frenado la explotación salvaje -vía minería o extracción petrolífera- de los recursos naturales del país. Esto lo conocía antes de viajar al país, pese a no tratarse de la denuncia habitual de nuestros medios, que no son contrarios a esa explotación sino a que las beneficiadas no sean "nuestras" -es un decir, ya saben- empresas. Pero sin restar importancia a esta crítica -que la tiene y mucha-, la que me resultó más interesante es la que me comentó un ingeniero, simpatizante de Correa, preocupado por la deriva totalitaria que percibía en algunos de sus últimos gestos. Y es que al amago de cierre de Teleamazonas, el ingeniero sumó el anuncio en su proclamación presidencial de lo que ha definido como "comités de defensa de la revolución ciudadana" (amparándose en la idea de que el gobierno ecuatoriano podría ser la próxima víctima de un golpe de Estado orquestado desde el exterior a imagen del hondureño), comités que nacerían al tiempo que -según me contaba mi interlocutor- el gobierno estaría haciendo lo posible para desmantelar el asociacionismo crítico clásico fuera de su control.

Estas medidas, a nuestros ojos y en nuestra realidad, serían suficientes para empañar la figura de Correa definitivamente, pero no hay que olvidar que la realidad de Ecuador no es la nuestra, y los ecuatorianos vienen de donde vienen (sus ocho últimos presidentes no cumplieron su mandato entero y los tres predecesores de Correa fueron derrocados por protestas callejeras). Así, no me extrañó en demasía no encontrar una voz crítica con el presidente en mi primera semana de estancia, y que la primera, tras arremeter contra él, me asegurara que lo votó y que, de no surgir una alternativa mejor, volvería a hacerlo en los próximos comicios presidenciales. Y no se crean que Correa dispone en Ecuador de un chiringuito mediático como el que se ha montado, sin ir más lejos, Francisco Camps en la Comunitat Valenciana. No, el líder de Alianza País y todos sus conciudadanos conviven a diario con las críticas despiadadas de la práctica totalidad de los medios privados (que tampoco manejan los argumentos indigenistas), críticas que trata de desmontar, al tiempo que resume la que ha sido su agenda de la semana, cada sábado en el programa de la televisión pública Enlace ciudadano. ¿Que tiene como Chávez su propio programa? Sí, pero teniendo en cuenta el panorama mediático, ¿les parece excesivo? ¿Les resulta demasiado ególatra? En Guayaquil vi como el alcalde (opositor a Correa) no dejaba de estampar su nombre ni en los coches de la policía, mientras que un enorme plano medio del de Tena daba la bienvenida a los visitantes desde un enorme cartel ubicado a la entrada de la población. Sí, aquí la perspectiva de chuparnos los atascos a la entrada de Valencia vigilados por una una enorme imagen troquelada de Rita Barberá sería suficiente argumento para emigrar de la ciudad. Pero como les digo, Ecuador es otra cosa. Y al parecer, la mayoría de sus ciudadanos consideran que, desde que están en el eje del mal, no les va del todo mal. Y si fuera al revés no dudo que saldrían a la calle para tratar de remediarlo; lo cuál, visto desde aquí, no les niego que me produce cierta envidia.


Las pintadas electorales de múltiples opciones, ocupando muros y fachadas de viviendas enteras todavía meses después de los comicios, constituyen un extraño aunque reiterativo elemento del paisaje rural ecuatoriano actual.
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