14 julio 2009

Innecesaria e imprecisa equidistancia

Por mi tierra, al menos por lo que respecta a mi círculo, el perfil de Francisco Camps que Josep Torrent realizó para la edición nacional de ayer de El País, bajo el título El espejo roto de Camps, ha sido un fenómeno. Más de un colega lo ha recomendado en las redes sociales, y parece que su aceptación es enorme, pues casi pintan naranjas las cinco estrellas con que puede valorarse en su edición digital. No obstante, no puedo resistirme a manifestar mi impresión de que, para obtener esa elevada valoración, el artículo puede haber contado con tantos votos positivos de ciudadanos contrarios al President, como de entusiastas militantes de las filas peperas. Y es que el reportaje de Torrent, pese a su forma y estilo impecables (que para mí quisiera), constituye a mi entender un extraño ejercicio de política ficción, que curiosamente serviría para hacer encajar a la figura de Camps en ese papel fantástico que Madrid inventa para los políticos ajenos a la Meseta y que también ideó para él, de cara a hacerle servir de azote y contrapunto a figuras de su partido como Esperanza Aguirre.

¿Pero es Camps ese pobre beato de buenas intenciones que solo parece haber sufrido un tropiezo como pinta Torrent? Lamentablemente no, y chirría más el desenfoque cuando uno lo contrasta con las informaciones que el mismo diario desgrana a diario en su edición valenciana, de la que el propio periodista es máximo responsable. Uno no puede ser buena persona cuando convierte un medio de comunicación pública en un instrumento de propaganda al servicio de sus más personales intereses; uno no "trabaja por el bien común" cuando toma medidas que recortan drásticamente los servicios públicos (nada hay más común que ellos); ni siquiera es más valencianista que su predecesor tan solo por leer en valenciano el discurso de su toma de posesión cuando reabre la batalla lingüística que aquel había cerrado o impide la enseñanza en valenciano a todos los alumnos que la reclaman; por no señalar la evidencia de que su posición exigente frente a Madrid es solo una escenificación coyuntural debida a que gobierna Zapatero, pues jamás ha señalado que el papel presupuestariamente deficitario de la Comunitat lo mantuvieron y fomentaron Aznar, Zaplana y él mismo mientras coincidieron gobernando en Madrid y Valencia. Por inexacto, sería hasta justo señalar, cuando se habla de su devoción fervorosa por el Valencia CF, que si su abuelo estuvo entre los fundadores del club, él podría ser, merced a su mediación para hacer del equipo una conselleria más al servicio del PP (poniendo a Bautista Soler y a casi todos los altos cargos del club que llegaron tras él), el que puede haber firmado prácticamente su disolución. Con eso y con mucho más, Camps dista de ser el inocente y bonachón gobernante que describe Torrent al gusto de la imagen que durante años ha vendido en Madrid, para erigirse en un oscuro personaje, cuyo cinismo asusta más que el de su predecesor Eduardo Zaplana, al que se veía venir de lejos (bueno, excepto en Madrid, donde tampoco lo calaron hasta que lo tuvieron enfrente). ¿Por qué entonces tanta equidistancia? ¿A quién interesa que este hombre parezca lo que no es? Y si mañana queda libre de los cargos de cohecho, ¿habremos de tomar por buenos y certeros los párrafos que no ponen en duda la honestidad del President?
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