16 junio 2009

Soñar no. Gobernar.

Me cuentan que se le vio entre los asistentes a la concentración del pasado sábado en Valencia contra la corrupción, pero eso no le quitó fuerzas para comparecer, superadas las 20 horas, en el recinto de la Universitat en el que dos decenas de bandas de rock* valencianas concentraron a miles de jóvenes para reivindicar la detención del derribo del barrio Cabanyal y su protección como bien arquitectónico nacional. Lo cierto es que Carmen Alborch, a diferencia de muchos de sus colegas de partido, siempre se ha currado el cuerpo a cuerpo para llevar su mensaje a la calle, y eso es digno de elogio. Del mismo modo, su presencia junto a los vecinos del Cabanyal en defensa de este patrimonio de los valencianos, desde que Rita Barberá lo puso en su punto de mira, es innegable; así que verla allí, junto a vecinos, amigos y nuevos adeptos a la causa, no fue ninguna sorpresa.

Sin embargo, esta vez su presencia adquiría una dimensión especial respecto a todas las precedentes, porque a diferencia de aquellas, en las que el caso del futuro del histórico barrio se encontraba en medio de un proceso judicial que dejaba la decisión sobre su derribo bien en suspenso, bien en manos de las autoridades del Partido Popular, en esta ocasión Alborch se unía a una reivindicación de los vecinos cuando la última sentencia del Tribunal Supremo dejaba el futuro del barrio en el tejado del Ministerio de Cultura, ahora en manos del gobierno del PSOE. Así, es según el Supremo el Ministerio el competente a la hora de decidir si con el derribo se produciría un expolio sobre el Bien de Interés Cultural que es el barrio, y si es así, dejaría manos libres al gobierno para, si considera que la autoridades autonómicas no velan por su cuidado (como es el caso), retirarles las competencias urbanísticas de cara a garantizar su protección**.

Suena rocambolesco, pero es factible. ¿Contaría algo así a los vecinos? ¿Les transmitiría tranquilidad, que ya había hablado con González-Sinde, y que el fin de su pesadilla ha llegado? No lo sé. Lo que sí sé es que pocos golpes de efecto más eficaces podría tener el PSOE en Valencia como el de, frente a la cicatería y el desprecio del PP, asumir unilateralmente la rehabilitación íntegra del barrio del Cabanyal y regalarlo a la ciudad. Metiendo a la policía nacional con decisión para expulsar los focos de marginalidad y garantizar la seguridad en la zona, generando los numerosos puestos de trabajo que serían necesarios para la rehabilitación de las viviendas, y devolviendo a la ciudad la que es en definitiva una de sus mejores zonas para vivir, y más hermosa y única -y por tanto mejor reclamo turístico- que cualquier monumento millonario de reciente factura. A lo que les cuento pueden llamarlo soñar, aunque yo lo llamaría gobernar, gobernar bien. Ahora, Alborch, está en sus manos y las de su partido. Sorpréndannos.

*Llámenme pejillero, pero de nuevo me llama la atención -es un decir- que sean las bandas de rock las que se atrevan a dar la cara frente a las decisiones arbitrarias del poder, mientras otras guardan un cómodo silencio.
**Artículo 4 de la Ley del Patrimonio Histórico Español.
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