30 junio 2009

¿Se tirarían?

Si la Constitución dijera que se tiren por el balcón, ¿se tirarían? Tras escuchar durante las últimas horas a muchos de nuestros políticos, autoridades y opinadores de cabecera, cabría preguntarles a muchos de ellos esta versión de la consabida regañina que nos lanzaban nuestras madres cuando profesábamos una devoción irracional por un amigo díscolo, habida cuenta de la fidelidad que dicen que se ha de profesar a cualquier conjunto de normas que se recojan bajo ese nombre. Y deberían ser para todos motivo de sorpresa -cuando no de alarma- esas muestras de fe acérrima de hombres que se suponen letrados, cuando la historia no es sino el mejor ejemplo de que estos instrumentos de organización de nuestras sociedades, nacen para ser modificados y sustituidos por nuevas constituciones que, al correr en el futuro la misma suerte, harán por lo general (en caso de ser modificadas por la voluntad del pueblo, ya que también las dictaduras crean sus ordenamientos constitucionales) avanzar a la sociedad. ¿O es que deberíamos recuperar a estas alturas la Pepa? Pues eso.

No obstante, pese a esta innegable evidencia, no faltan las ocasiones en que los políticos, autoridades y voceros de los anteriores, invitan a los ciudadanos a tirarse por el balcón de la mano de sagradas constituciones. En España sobran los ejemplos de quienes no quieren tocar un pelo de nuestra carta magna, resultado de la negociación con fuerzas recicladas de un franquismo dictatorial todavía palpitante. Sus motivos para evitar avanzar a nuestro país tendrán. De todos modos, el caso que ha motivado esta reflexión es la condena con ambages que algunas autoridades han realizado del golpe de Estado hondureño del pasado domingo*. Y es que no es lo mismo en este caso condenar el golpe, pedir la restitución en el poder del presidente electo y la encarcelación de los golpistas y sus cómplices, que pedir "la restitución democrática y del orden constitucional hondureño". Porque mientras la primera fórmula condena verdaderamente el golpe y su fondo (que el presidente Zelaya pudiera consultar a los hondureños si les interesa que se modifique su constitución), la segunda aparenta una condena, pero exige por otro lado al primer ministro legítimo que, de regresar al poder, no se atreva a mencionar a sus ciudadanos la posibilidad de modificar una carta magna como la hondureña que, con rasgos pretéritos, mantiene al país en manos de los oligarcas que lo poseen. Como es evidente, la elección de una u otra forma no es casual y esconde diferentes intereses. Así que sospechen de todos los que hablen de las constituciones en esos términos; no se vayan a encontrar un día de morros en el asfalto, constitución en mano.

*Un golpe sobre el que he publicado un post que todavía voy a seguir actualizando.
Publicar un comentario