22 junio 2009

Al menos una disculpa

Ha caído -y sigue cayendo- una buena sobre el Palau de la Generalitat, pero Francisco Camps se ha mantenido fuerte durante los últimos meses en su posición, ostentando el cargo de President que mayoritariamente le ofreció el pueblo valenciano frente a las demandas de dimisión de un reducido grupo de ciudadanos. ¿Por qué habría de dimitir? Al margen de la acusación que le mantiene imputado en un caso de cohecho, seguro que a más de uno de ustedes se le ocurren centenares de motivos, pero es de justicia reconocer que, salvo la enorme distancia existente entre lo que predica su publicidad institucional y la realidad que ofrece su gestión en el día a día (ya saben, la publicidad habla de excelencias en educación y sanidad, mientras las cifras ubican a la Comunitat Valenciana en la cola de España), hasta la fecha Francisco Camps había ofrecido a sus votantes lo que estos le demandaban: hacerles sentirse lo más de lo más con la promesa de que la Comunitat sería en adelante la envidia de España y el mundo mundial y, como tal, destino turístico de referencia aquí y allende los mares.

Esa debilidad valenciana, ese complejo de inferioridad a mi entender infundado, pero profundamente arraigado en amplios sectores de la población autóctona, ya lo detectó Eduardo Zaplana, que inventó el concepto del "gran evento" para satisfacer los egos dañados; aunque cabe señalar que no fue sino Francisco Camps el que convirtió la idea del cartagenero en el santo y seña de su gestión. Así, los años de gobierno de Camps no han sido sino una sucesión de "grandes eventos" con el fin de dejar a la Comunitat Valenciana en una posición privilegiada como foco de atracción turístico mundial. De ese modo vimos sucederse la contrucción de edificios "emblemáticos" en una Ciudad de la Artes y las Ciencias cuya factura -en todos los sentidos- no parece tener fin; recibimos la visita del Papa sin reparar en gastos (a día de hoy sin fiscalizar en las Cortes); asistimos a la contratación millonaria de una competición, la Copa América, que se suponía que iba a brindar una propaganda similar a la de unos juegos olímpicos; en un visto y no visto contemplamos la partida desde Alicante de la Volvo Ocean Race; pagamos a escote la presentación de la escudería de Fernando Alonso en la Ciudad de las Ciencias, el estreno español de una peli de James Bond; construimos un circuito junto al mar para que viniera la Fórmula 1 al gusto del propietario de la prueba; vimos desde la barrera como los más pijos del mundo saltaban con sus caballitos... Y así, un gran evento detrás de otro, pagamos y observamos satisfechos y entregados los valencianos; porque, como nos aseguraba Francisco Camps, eso nos iba a convertir en el centro de atención mundial. No íbamos a saber qué hacer con tanto dinero que iban a dejar los turistas que nos visitaran al eco de esos eventos que nos suponían tanto esfuerzo y sacrificio.

Sin embargo, la realidad, tozuda y seguramente de izquierdas, ha venido a señalar que el proyecto de Francisco Camps para la Comunitat Valenciana no es más que un rotundo fracaso. Y es que los datos no nos cuentan que la Comunitat pierde turistas internacionales como el resto del país, sino que los pierde por encima del resto de España. Nada, absolutamente nada de todo lo reseñado con aterioridad ha servido para que la tierra de Camps note menos los efectos de la crisis. Y no es el único indicador. Más grave es que nada, absolutamente nada de lo anterior ha servido tampoco para evitar que sea la Comunitat la que encabece el índice de pérdida de empleos en el país. Los perdía cuando la crisis aún no había llegado y los sigue perdiendo cuando en el resto de España sus síntomas se atenúan. Y el problema es que para sacar adelante todos los proyectos y, disponiendo de la confianza de los valencianos, Camps ha dispuesto de tal cantidad de recursos que ha dejado a la Comunitat en una situación de profunda indefensión para afrontar el futuro a corto y largo plazo. La Comunitat Valenciana es, sólo por detrás de la catalana, la más endeudada de España.

Francisco Camps mostró un proyecto a los valencianos, apeló a su confianza y la obtuvo. Decidió jugársela a una carta y, como es ya evidente, perdió. Y con su, llamémosle equivocación, ha arrastrado con él a todos los valencianos. ¿Ese fracaso rotundo y sin paliativos del que es el principal responsable es motivo suficiente para que presente a los valencianos su dimisión? Quizás tampoco, al fin y al cabo la culpa es también de los que le creyeron. Pero que menos que una disculpa.
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