20 abril 2009

Lectores afortunados

Es una constante desde hace al menos un año y medio encontrarse periódicamente con algún comentario calificando de magníficas las novelas publicadas hasta la fecha por Stieg Larsson. Sí, se trata de ese periodista sueco, militante antifascista, que dejó escritas antes de fallecer tres novelas de temática criminal; novelas que, según cuentan sus biógrafos, sabía que le harían millonario. Seguro que han oído la historia. Él falleció en 2004 sin ver publicadas sus obras que, efectivamente, se han convertido en el último fenómeno editorial. Con eso nos han martilleado los medios desde hace tiempo, por lo general señalando los libros como grandes hitos, y como les digo, desde hace meses, es una constante en webs y blogs leer comentarios de lectores que se suman al entusiasmo por su obra. Y después de mucho tiempo barruntándolo en silencio tras leer la novela (la primera entrega), y viendo que me ha sido imposible encontrar a alguien que diga esto por mí, ha llegado el momento en que, harto del pensamiento único, el cuerpo me pide salir a decir a los seguidores de Stieg Larsson que son unos lectores afortunados.

¿Por por qué afortunados? Porque como lector frecuente de novela negra se nota que la mayoría acaban de aterrizar en un género que seguro que les atrapará, pero del que Larsson, por lo leído, puede ser de los más torpes ejecutores. Hasta en el aspecto lúdico de una novela negra, que es averiguar quién es el asesino, Larsson hace trampa, creando a un personaje -el de la hacker Lisbeth Salander- que, como un deus ex machina resuelve los misterios sin que medie lógica alguna a la que el lector pueda apelar. No obstante, en las novelas negras, el misterio es muchas veces una excusa para exponer una realidad, pero también en eso falla El hombre que no amaba a las mujeres, pues al margen del entorno familiar en que se ubica el misterio, las descripciones del mundo empresarial y periodístico resultan risibles de lo falaces que son. Cualquier parecido entre el periodismo (que es lo que mejor conozco) y lo que Larsson describe como tal en su libro es pura coincidencia.

Pero algo ha de tener, ¿no? Bueno, tiene un clima de misterio, una investigación que resolver, un toque extremo en el tratamiento de la violencia o el sexo en algunos pasajes que puede resultar llamativo... pero poco más. La clave del fenómeno, al igual que sucediera con El código Da Vinci (de calidad netamente inferior, cabe aclarar), es que por un lado ha servido para que gente que habitualmente no lee se sorprenda ante la posibilidad de que puede pasar un buen rato ante un libro; y por otro ha acercado a lectores más o menos habituales a un genero al que no prestan atención. Y por eso, si lo han pasado bien, estos lectores han de considerarse afortunados, porque por delante tienen lo mejor. Porque aún pueden pasear con John Rebus por las calles de Edimburgo en las novelas Ian Rankin; o conocer las miserias de la Grecia actual con el comisario Jaritos de Markaris; o asustarse junto al Charlie Parker que ve fantasmas en las novelas de John Connolly; por no recalcar exclusivamente la obra de un Michael Connelly cuyas tramas sí poseen un ritmo endiablado que difícilmente iguala el resto de colegas. Y sólo cito a cuatro contemporáneos. Ya les digo, son afortunados, porque se les acaba de abrir un mundo. No se queden en la puerta.
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