30 marzo 2009

Un debate ridículo (y nada casual)

A pesar de que la lógica y el paso del tiempo apuntaban a que, como tantos otros proyectos erróneos o fracasados, sería un asunto que se iría apagando en silencio para pasar al sueño del olvido, la semana pasada los gobiernos autonómico y local del Partido Popular resucitaban el proyecto de realizar una segunda Copa América en Valencia. Y con ello se reabría una confrontación política que trasladaba la atención de la ciudadanía, del crítico escenario de una crisis con especial incidencia en la Comunitat, y de un Consell salpicado de presuntos casos de corrupción, a una ridícula batalla naval (como se califica hoy en El País). No lo duden: no es casual.

Y digo ridícula porque, a pesar de lo que se alarga el debate sobre su celebración, la conveniencia o no del pago por la misma tiene fácil solución. Nadie pone en duda que la celebración de nuevas regatas, si van a traer a tres o cuatro gatos más a la ciudad (que fueron los que vinieron por ella la última vez, aunque el PP manipule a su antojo tanto las cifras de visitantes, como las de empleados y beneficios que generó el sarao), sea buena. Lo que se pone en duda es que, para que vengan esos tres o cuatro gatos, haya que pagar veinte millones de euros sólo para empezar. ¿Es ése o no un precio justo por las regatas? Atendiendo a que el objetivo de la celebración de la Copa América es aumentar el número de visitantes a la ciudad, si en la misma materia turística al Consell le pareció excesivo acceder al pago de 4 millones de euros anuales durante tres años a Ryanair (12 en total) para que mantuviera su base en el aeropuerto de Manises -lo que sin duda ha contribuido al desplome de tráfico de visitantes en el aeródromo valenciano (disminuyó cerca del doble que la media estatal)-; ¿qué le debería paracer al Consell y a los ciudadanos, por pura lógica, emplear 20 millones de euros (casi el doble de lo que exige la compañía irlandesa para traer durante tres años a centenares de miles de viejaeros a la ciudad) en un carrera de veleros de unos días de duración cuyo poder de generar visitantes está más que en entredicho y es, a todas luces, infinitamente inferior a la aerolínea de bajo coste?

Ahí, en el plano de su rentabilidad turística es donde hay que debatir la conveniencia o no de la celebración de las regatas y una posterior edición de la America's Cup, y no en si el gobierno apoya o no a los valencianos o similares, un debate populachero y falaz con ánimo de despertar los más bajos instintos del electorado más irreflexivo (y que, digámoslo claro) descalifica a sus autores. No obstante todo el asunto aporta una cuestión aparte, resultado de una regla de tres anexa a la anterior. Y es que si para el Consell de Camps, Michael O'Leary, el presidente de la compañía Ryannair, exigir los 4 millones de euros para seguir en Valencia lo convierte en una especie de chantajista (lo cuál no pongo en duda); ¿cómo es posible que Ernesto Bertarelli, el hombre que se embolsó 90 millones por traer la America's Cup a Valencia y ahora pide 20 por pasear unos barquitos siga teniendo tan buenas relaciones con el Consell? Está visto que Francisco Camps tiene un modo muy particular de elegir a sus amigos. Uno que, por ahora, sólo él conoce.

PD: Contrastando datos para la elaboración de este texto me encontrado con este artículo que sorprendentemente parece que publicó la edición valenciana de ABC a finales del pasado año y que, a día de hoy, resulta bastante interesante: Bertarelli vende una burra coja.
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