23 marzo 2009

Ni oposición ni alternativa

Una de las cuestiones acerca de la política autóctona que, por lo que percibo de mis experiencias personales y de la atención a la prensa nacional, se hacen muchos compatriotas, es cómo es posible que los valencianos reaccionen con tanta tibieza -o directamente no reaccionen- ante determinadas actitudes turbias, cuando no directamente corruptas, de sus gobernantes. En todo el país se hace escarnio desde hace años de un personaje como Carlos Fabra, que no hay día que no ofrezca un nuevo comportamiento vergonzante -el último, reivindicar a Franco-, y desde hace semanas es el mismo president de la Generalitat el que arrastra la dignidad de la Comunitat por el lodo evitando aclarar si es cierto o no que recibió regalos de una trama empresarial presuntamente corrupta a la que ha favorecido desde hace años por su gobierno. Sin embargo, ese mismo país observa estupefacto cómo los ciudadanos no castigan a estos gobernantes en las urnas ni les reprenden masivamente en los actos públicos.

"Es el meninfotisme valenciano" dicen muchos, encontrando en esta versión autóctona del pasotismo la excusa perfecta para justificar el asunto de modo antropológico. Sin embargo, aunque en parte sea cierto (aquí, como en todos lados, hay una ingente cantidad de personal a la que la actualidad le importa un bledo y vota a un partido y no a otro como el que simpatiza por un equipo de fútbol) hay otros importantes factores -además de éste y el ya conocido tinglado propagandístico organizado por el poder local- para explicar el inmovilismo del mapa electoral. Y el más importante se encuentra en el lado opuesto del hemiciclo valenciano, en el que se sienta, al margen de las propuestas con menor representación parlamentaria (cuya existencia y devenir tiene sus propias peculiaridades), un Partido Socialista en el que recae el peso de ofrecer la principal alternativa de gobierno.

Tras la debacle electoral de las últimas autonómicas -y un caso de corruptela que apuntaba a su antiguo líder que guarda tintes muy similares a los de Camps- el PSPV se vio forzado a cambiar de cúpula, y en su último congreso, el elegido para liderar el nuevo rumbo de la delegación valenciana -por los pelos y con un fuerte apoyo desde Madrid- fue el alcalde de Alaquàs Jorge Alarte. Desde entonces, y han pasado seis meses, el electorado valenciano sigue viéndoselas canutas para descubrir la propuesta alternativa que ofrece el líder socialista, aunque en cambio sí ha visto cómo de su argumentario desaparecía todo rastro de crítica a las nocivas políticas populares en aspectos tan significativos como el urbanismo salvaje o el despilfarro en grandes eventos (precisamente en el momento en que más evidente se hace el fracaso de los mismos). Dicen que es la política afirmativa, frente a la "política del no" que antes practicaban, pero lo que bien parece es que los socialistas estén poniendo buena cara mientras esperan que la fruta caiga madura por su propio peso.

Y si es ese su plan andan bastante apañandos. El ejemplo más cercano de que así no funcionan las cosas no lo tienen muy lejos. Hace poco más de cuatro años, se producía un cambio de gobierno en Galicia cuando socialistas y nacionalistas gallegos conseguían por los pelos, superar en escaños a un Partido Popular -como aquí- prácticamente hegemónico. Para conseguirlo no sólo Galicia había tenido que verse hundida en lo más profundo del lodazal y del chapapote, sino que también PSdeG y BNG habían tenido que ofrecer una alternativa ilusionante a más de media comunidad. A la segunda oportunidad lo consiguieron. No obstante, cuando gobernando se vio que no ofrecían la alternativa real que demandaban los que le dieron la victoria. no gozaron de una reelección. Frente a aquel ejemplo, nos encontramos a una Comunitat ya en su propio lodazal, pero en cambio el PSPV no ofrece por ahora alternativa ni ilusión, mientras sí se suma a las corruptelas con el mismísimo número dos del partido. Teniendo esto en cuenta, buscar la culpabilidad del inmovilismo exclusivamente en el carácter de los valencianos sería una frivolidad, además de un insulto. A ver si espabilan y se ponen manos a la obra. Pueden empezar por limpiar su casa.
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