20 marzo 2009

Fallas

Con la interrupción abrupta de la octava reproducción consecutiva del pasodoble Suspiros de España (aún me pregunto el por qué de la elección), que escupían a un volumen atronador los altavoces instalados por el casal fallero de mi calle, concluyeron para mí, aproximadamente a las 2 de la madrugada, las Fallas 2009. Unas fiestas autóctonas que nos brindaron a todos los valencianos -como ya comentó un colega hace unos días- la oportunidad de disfrutar de un centro urbano sin coches por el que poder pasear con relativa libertad. Sólo por experimentar cómo sería la ciudad sin automóviles y con el transporte público funcionando durante tres jornadas las 24 horas del día, vale la pena el resto de sacrificios.

No diré que las Fallas ya no son lo que eran, porque desde que tengo conocimiento vienen siendo más o menos lo mismo, pero lo que sí les diré, y creo que es justo que se sepa, es que lo del espíritu crítico de esta fiesta es una falacia como la copa de un pino. Todos los años, y este 2009 regado de crisis y corruptelas no fue la excepción, sale uno a la calle atento a ver alguna crítica, y lo que encuentra por doquier son "monumentos" de molde (hechos con figuras que se repiten centenares de veces), chistes chabacanos y malos, y poca, pero muy poca crítica, de la cual, prácticamente ninguna a la actualidad local*. No se encuentra en las grandes comisiones**, lógicamente porque las integra la flor y nata de la ciudad, que no va a cargar contra sí misma; y tampoco en las pequeñas, que en la mayoría de los casos viven de espaldas al monumento, excusa para montar el casal en medio de la calle y ser, durante un par de semanas, los amos de la misma.

Ese afán por tomar la calle sería el aspecto más revolucionario de las Fallas, si no se hubiera sacrificado a cambio todo espíritu crítico y no fuera al mismo tiempo, una escapatoria vacua que se tradujera en el mayor pasotismo ciudadano los restantes 350 días del año (además de tratarse, en no pocos casos, de un afán que algunos profesan en contra de otros vecinos). Si al retrato se le suma la estampa de miles de falleros circulando por la ciudad durante horas para ofrecer sus ramos a la patrona católica de la ciudad (acto religioso que dura dos días), para acabar, apenas dos minutos después y sin la más mínima recriminación por parte de su colegas, orinando en las calles adyacentes a la plaza en que han realizado la Ofrenda, me reconocerán que el conjunto no puede quedar más distante de la leyenda. No obstante, si uno se sobreponía al olor a orín y esquivaba sus correspondientes charcos, siempre podía encontrarse con excepciones como la de la Plaza del Ángel; dispuestas, con su falla original (que ilustra este post) y crítica a la realidad que le rodea, a demostrar que la leyenda puede ser cierta. A ella, y a otras muchas pocas fallas que hay como ella por la ciudad, volveremos paseando el año que viene, para reconciliarnos con una fiesta que es posible, aunque en su mayoría no lo sea.

*Todo ello, cabe señalar, escrito sin ningún respeto a la lengua valenciana, con el beneplácito de la Junta Central Fallera. Una situación similar traducida al castellano -con carteles plagados de faltas de ortografía y ningún respeto a la gramática- produciría bochorno en cualquier lado. Aquí, para muchas comisiones, que sus carteles estén escritos como les sale de sus partes, es motivo de orgullo. Básicamente, argumentarían, "porque no es catalán". Claro, ni valenciano.

**Siempre hay alguna excepción. La más cercana la encontré este año en Na Jordana, y quedó fuera del palmarés. Se ve que la tan cacareada crítica no se valora por la Junta Central Fallera.

Falla 2009 de la plaza del Ángel, con precioso sobrino en primer término.

Publicar un comentario