17 marzo 2009

Ajustar los salarios. ¿Y por qué no?

Andaba ayer el último Premio Nobel de economía, Paul Krugman, por España, y manifestó de nuevo sus previsiones sobre el futuro inmediato de la situación financiera occidental (decir "mundial" es ofender a los pobres que también lo eran cuando aquí vivíamos muy por encima de nuestras posibilidades también sin pensar en ellos); un futuro que veía muy negro para occidente en general y aún peor para España (por su modelo económico escasamente competitivo) en particular. Nada que objetar. No obstante, el Nobel ofreció entre las recetas para propiciar una mayor competitividad al sector productivo español y una más próxima salida de la crisis la consabida rebaja de los salarios, lo que inmediatamente se tradujo en la habitual reacción de protesta. ¿Pero por qué?

La explicación es sencilla: el ciudadano medio español cree que siempre tiene las de perder. ¿Que se van a subir los impuestos? Seguro que serán los que le afecten. ¿Que se van a rebajar los salarios? Seguro que serán los de los trabajadores rasos o de los puestos inferiores. Y razón para creer en ello no les falta. No hay español vivo que haya experimentado algo distinto tanto en la dictadura, como en los distintos gobiernos de la democracia, ya fueran de derechas o de menos derechas. Pero no necesariamente ha de ser así. ¿Por qué no se regulan por ley los salarios? En España se produciría una importante rebaja salarial simplemente con que se prohibiera que el sueldo máximo del empleado en una empresa (pluses, extras y dietas incluidas) multiplicara por seis el sueldo que cobrara el empleado más bajo. Y quien dice seis, dice cuatro o dice ocho. ¿No es obsceno que con el sueldo de algún directivo se puedan pagar a cientos de empleados que trabajan en sus mismas empresas? ¿Merece un directivo cuya empresa genera empleos de 750 euros al mes cobrar más de 4.500? ¿Son 4.500 euros al mes pocos si es un alto cargo el que los cobra?

El presidente José Luis Rodríguez Zapatero estaba delante de Krugman cuando propuso la rebaja de salarios y, sabedor de lo que supondría pasar esta apreciación por alto sin apuntar nada, cuando le tocó su turno, soltó las consabidas frases sobre la protección a los más débiles. No se le ocurrió que, como socialista -es lo que dicen-, puede permitirse pedir más a los más poderosos. Creo que a sus votantes les parececería muy bien, pero lamentablemente, sigue sin suceder.

Foto: EFE

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