04 febrero 2009

París-Valencia

No sé si a ustedes les sucederá lo mismo, pero a mí, cuando voy a pasar unos días a cualquier pueblo o ciudad de un tamaño considerable, siempre me asalta la necesidad de descubrir en ellos alguna librería y alguna tienda de discos. En el caso de estas últimas la explicación es sencilla; las visito por si, por una de aquellas, tuvieran en algún rincón alguno de los discos descatalogados que busco sin remedio desde hace años o por si tuvieran alguna oferta muy especial. Sin embargo, el caso de las librerías es diferente. Las librerías son para mí una especie de baremo para medir la calidad de un pueblo. Es obvio que algunos, por su reducido tamaño no tienen el suficiente mercado para que una tenga salida, aunque me produzca bastante satisfacción descubrir que en el kiosko de alguno de estos pueblos se encuentren al menos un puñado de los superventas de la temporada. Sin embargo, cuando llego una población que supera la decena de miles de habitantes, tropezar en ella con una librería en toda regla me transmite unas sensaciones difíciles de explicar. Es como, si el hecho de contar con una librería convirtiera la localidad en un lugar mejor y más seguro. Creo que, en el fondo, sí es así.

También las busco con la mirada en las ciudades más grandes, y si me cruzo con alguna disponiendo de tiempo, siempre entro, cuanto menos, a curiosear. Por suerte para mí, vivo en una de estas ciudades, en la que todavía, pese al florecimiento de grandes superficies, sobreviven un puñado de librerías tradicionales, muchas de ellas ejerciendo una labor de difusión de la cultura magnífica. Y para mayor suerte, además de éstas (pequeño y cercano comercio que debería ser el primero en que compráramos libros siempre, y más en estos momentos en que florece la conciencia de lo que significa cada gesto), también cuenta Valencia con un grupo de librerías como por ahora no he encontrado en otro lugar. París-Valencia es su nombre, y pese a las veces que las visito, me doy cuenta ahora de que jamás les he preguntado el origen de su curiosa denominación.

Lo que las hace especiales, al margen de contar con un catálogo importante, es el espacio que le dedican al libro de ocasión. Y es que en ellas uno puede encontrar una cantidad ingente de libros nuevos que, bien porque sus editoriales han decidido cambiar el aspecto de las colecciones que los integraban, bien porque no han tenido una buena vida comercial o, sencillamente, porque han de hacer hueco a nuevos libros en los almacenes de sus editores, acaban en sus estanterías a precio de saldo. Bucear en ellos es ya el primer placer. Allí he descubierto a numerosos personajes de novela negra, accedí a clásicos a precios muy accesibles, e incluso encontré alguna primera edición de autores posteriormente consagrados. Es por eso que si paso por delante suyo con un mínimo de tiempo, siempre me detengo para ver si han recibido algo nuevo. Porque lo bueno vuela. El lunes, sin ir más lejos, tuve suerte. Allí estaban, por 3 euros, varios ejemplares de La Memoria Insumisa de Nicolás Sartorius y Javier Alfaya; y junto a ellos, por 4, otros tantos de Los años oscuros de la transición española, de Eduard Pons Prades. Ambos se vinieron conmigo (al segundo ya lo estoy devorando). Aún hoy, tres días después, me dura la satisfacción del hallazgo.

Valorando lo que les contaba al principio, quién sabe: quizás esta y el resto de magníficas librerías de la ciudad también influyan para que siga pegado a esta tierra.

Publicar un comentario