13 febrero 2009

Fracasados

Mientras el suelo tiembla bajo los pies de unos, y otros esperan a recoger por ello unos frutos que seguramente no merezcan ganarse por méritos propios, la realidad sigue ofreciendo a diario nuevas pruebas -y más sólidas y palpables que las que por ahora ofrecen los juzgados- de que la gestión llevada a cabo por los gobernantes valencianos en estos últimos años de placidez y bonanza económica, no sólo no no fue tan buena como se vendió a los ciudadanos, sino que es un desastre insostenible de cara a afrontar el futuro más cercano.

La prueba más reciente la ofreció anteayer la Unión Hotelera de la provincia de Valencia en una rueda de prensa en la que puso de manifiesto la baja ocupación hotelera de la provincia en el año 2008, que con apuros llegó a superar el 60% de ocupación media. Estos datos, relativos al año inmediatamente posterior a la celebración del enorme desembolso de la Copa América, o al de la primera prueba de Fórmula 1 en la ciudad, ponen claramente de manifiesto que el enorme desembolso público realizado en ambas actividades, al que cabría sumar la proyección de una ciudad de servicios elististas (sólo hay que echar una ojeada a los precios de restaurantes, bioparks y museos de las ciencias para constatarlo), todo ello con el fin de potenciar a la urbe, su provincia y la Comunitat como destinos turístico, está ofreciendo, pese a lo encomiable del fin (¿por qué no había de ser Valencia un fantástico reclamo?), unos resultados que solo se puede calificar de nefastos.

Ahora, el colectivo de hoteleros valencianos, que ve como el 2009 empieza aún peor que el 2008 (en los últimos tres meses apenas se han superado el 41% de ocupación media), demanda que se celebre en Valencia otra Copa América, para que, con un nuevo desembolso millonario de las arcas públicas, se maquillen ligeramente sus cuentas privadas. Y al tiempo, ruegan a otros colegas que no lleven adelante sus planes de abrir nuevos hoteles atraídos por los cantos de sirena que hablan de una eclosión turística que sólo existe en la mente de nuestros gobernantes y en los seguidores de su radiotelevisión pública. Podrían decir más alto y claro lo que ha pasado, pero sería tirarse más piedras en su propio tejado. Mientras tanto, el hotel Hilton, uno de los edificios más altos de la ciudad, ofrece por ellos, con su suspensión de pagos al año y medio de su inauguración, el retrato del fracaso del modelo turístico de los grandes eventos emprendido por Eduardo Zaplana y potenciado hasta la náusea por Francisco Camps. Un año después de sus eventos no queda nada. Y entonces ni siquiera vino Paris.

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