19 febrero 2009

Arrastrando su nombre al fango

Dos semanas no han pasado entre el día que Esteban González Pons declarara públicamente que el Partido Popular "no son cuatro chorizos", y una jornada en la que, ante nuevos datos que apuntan a que las presuntas corruptelas que motivaron aquella frase podrían alcanzar al mismísimo President de la Generalitat Valenciana, el partido haya escenificado por segunda vez -en esta ocasión en Valencia- una negativa unida y rocosa ante la posibilidad de albergar en su seno a algún que otro corrupto.

Es algo que me llama particularmente la atención, porque no parece gratuito que entre un momento y otro hayamos pasado de la sospecha sin nombre y apellidos, a escuchar unas grabaciones en las que los personajes más enfangados de la trama califican con el común -Fabra dixit- "hijoputa" al mismo Esteban González Pons del principio. Vamos que, mientras los datos en conocimiento de la Justicia eran ambiguos, se decía que pagarían los que se vieran salpicados por asuntos sucios, pero cuando se ve que el fango puede alcanzar a los altos mandos, estos apelan al partido y es éste en pleno el que ha de responder por su honorabilidad.

Y el caso es que Pons tenía razón cuando decía que el Partido Popular no son cuatro chorizos, porque es así, no lo son. Sin embargo, nadie en el partido podrá echar la culpa a fuerzas e intereses externos de que su nombre esté cada vez más cerca del cenagal, pues los responsables de utilizarlo para blindarse cuando se les descubre muy cerca de asuntos turbios están en su seno.

FOTO: Juan Carlos Cárdenas para EFE

En la puerta de la calle Quart
Redundando en esta idea, cabe señalar que en la comparecencia de hoy en el Palau de la Generalitat, entre los miembros de su partido que respaldaban a Camps se podía ver al conseller de gobernació Serafín Castellano, del que esta semana salieron a la luz múltiples contrataciones públicas con empresarios con los que mantiene relación de amistad. Que un cargo público utilice su posición para beneficiar especialmente intereses cercanos, por muy lícito que sea si el importe de las contrataciones no llega a una determinada cantidad de millones (lo que es ya de por sí intolerable), es algo éticamente reprobable, y deja de nuevo en muy mal lugar al Partido Popular que permita este tipo de prácticas en su seno. No obstante, si los militantes del PP no aspiran a seguir ese comportamiento ni lo consideran digno de su partido, deberían ser los primeros en acudir a la puerta de su sede en la calle Quart y reclamar la dimisión de Castellano o su destitución por parte del President, pues su permanencia en el cargo y el silencio de sus compañeros militantes arrastra también a las siglas del PP al fango de la política. No obstante, por extraño que parezca, hasta la fecha no se ha escuchado la condena de nadie.

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