05 enero 2009

Un enemigo a su medida

"Llamar masacre a la muerte de 500 personas en diez días es ser un poco exagerado". Así se expresaba uno de los participantes de una tertulia radiofónica matinal acerca de la última intervención bélica israelí contra la población palestina en los últimos sesenta años, a la que ahora estamos asistiendo. El pobre hombre tenía que quitar hierro al asunto, y antes de acudir a todos los tópicos para justificar la pasividad de los máximas autoridades -en gobierno y oposición- europeas sobre la actuación israelí (para eso le tienen ahí), no se le ocurrió otra cosa que decir.

Sin embargo, el comentario, que a muchos -no a todos, ténganlo por seguro- parecerá una barbaridad, no lo es más que cientos de tópicos falsos que estamos escuchando estos días y que muchísima gente da por válidos. El más humillante y malintencionado es la insistencia en que el conflicto del que ahora se vive el último episodio es debido a Hamás. Servidor no es un experto en política internacional ni en historia contemporánea, pero no carece de algo que se llama memoria, una cualidad que se nos supone a todos los seres humanos con las facultades mínimas, y que debería ser de obligado uso para los periodistas. Vengo a decirles esto porque, quizás tratando de mostrar ecuanimidad, todavía no he escuchado estos días a ningún periodista -aunque seguramente alguno habrá*- comentar que Hamás no existía como tal antes de 1987.

Para entonces Israel llevaba cuatro décadas expandiéndose sobre el territorio palestino con el beneplácito primero de la ONU y también (después) sin él. No existía Hamás por ejemplo, cuando las tropas israelíes a las órdenes de Ariel Sharon masacraron a cerca de tres millares de palestinos indefensos residentes en los campos de refugiados de Sabra y Shatila en 1982. Pese a ello ni siquiera al inicio, cinco años después, de la primera intifada, Hamás era una fuerza mayoritaria en Palestina, cuyos interlocutores, principalmente a través de Yasir Arafat como lider de la OLP, estuvieron siempre dispuestos a asistir a la búsqueda de algún acuerdo de mínimos. Acuerdos, cabe señalar, eufemísticamente bautizados en occidente como "de paz", aunque suponían para Palestina multitud de renuncias frente a escasos pasos atrás de los sionistas (una trampa que, como creo recordar que en su día señaló Chomsky, era perfecta, pues el rechazo por parte Palestina de la "oferta" israelí hacía ver a la luz pública que los palestinos rechazaban de "la paz").

No debería hacer falta que les recuerde cómo trató Israel a Yasir Arafat en sus últimos tiempos al frente de la Autoridad Naciona Palestina. Con bombas sobre la sede de su gobierno fue despedido el hombre que había mostrado, con sus aciertos y sus errores, una actitud de defensa de su pueblo pero siempre abierto al diálogo. Y con semejante mensaje, de que el diálogo no servía para solucionar los problemas con ellos, Israel aupó al poder a Hamás, que de grupo minoritario pasó a ganar con regularidad la mayor parte de las elecciones celebradas desde 2005. Hamás no "ocupó" el poder, como decía con ánimo de confundir a los oyentes esta mañana el contertulio radiofónico, sino que lo ha obtenido en las urnas merced a las "campañas" a favor de su opción que ha realizado la propia Israel.

Ahora escuchamos por doquier justificar en la existencia de Hamás, la masacre que Israel perpetra en Gaza, pero con Hamás o sin él el Estado Judío lleva ejerciendo un genocidio lento pero sistemático sobre la población palestina desde su aterrizaje en Oriente Medio. Para obtener su fin, Israel ha construido un enemigo a su medida, un monstruo que sin duda existe y nadie disculpa, pero que no debe servir, a poco que uno haga memoria, para despistarnos de dónde reside el origen de todo el horror. Aunque muchos intenten sembrar la semilla de la confusión.

PD: La magnífica viñeta que encabeza esta entrada, obra de Mauro Entrialgo, apareció publicada en Público el pasado 2 de enero.

*Al rato de escribir esta entrada me encuentro con este artículo publicado en El Mundo señalando algunas falsedades que se dan por verdades absolutas. Merece la pena leerlo.

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