29 diciembre 2008

Sin excusas

De entre todos los pensamientos que rondaban mi cabeza el pasado sábado por la tarde mientras escuchaba las primeras noticias del devastador ataque israelí sobre la Franja de Gaza, buscando palabras y argumentos para expresar mi indignación en un puñado de líneas, hubo uno que por un instante me hizo sonreír. Se trataba del recuerdo de mi negativa en 1993 a ver La lista de Schlinder. Ahora mismo no recuerdo los motivos concretos por lo que una muy joven versión de mi mismo decidió no ver la película en aquellos momentos, aunque seguramente influyera el hecho de que, tras años de asistir a la primera intifada, no me resultara muy coherente acudir a la enésima llamada de la industria hollywoodiense a mantener en nuestras mentes la imagen de víctima del "pueblo judío", a pesar de que el día a día no paraba de ofrecernos su actual encarnación de verdugo.

A día de hoy sigo sin verla, pese a que desde entonces no he dejado de ver otros films sobre el holocausto judío (sin ir más lejos, hace nada el flojo Amen de Costa-Gavras). Es inevitable, pues la industria del cine lanza al menos un par de títulos al año al respecto (es casi un género cinematográfico en sí), pero mi negativa a ver aquella película se ha convertido en un pequeño gesto personal. Un gesto que me vino a la cabeza el sábado. Entonces barajé la posibilidad de hablarles de ello, de tratar, en un momento como ese, en que los misiles judíos -si el país tiene una confesión y se debe a ella, sus misiles también la tienen- caían sobre la Franja de Gaza, de que se pusieran en la piel de un palestino y traten de experimentar lo que puede sentir cuando ve al mundo occidental llorar de nuevo ante el estreno de una película como esa.

Podría haber utilizado entonces esa anécdota y construir a partir de ella un apaño de columna de opinión, pero no lo hice. También barajé, durante mucho rato, escribir un texto en el que recopilara datos, fechas y acontecimientos que justificaran mi repulsa, pero acabé descartándolo. La situación era (y sigue siendo) tan horrible que no se prestaba a florituras, sino al grito. Por eso finalmente sólo apunté que Israel es el estado más despreciable del mundo. ¿Lo es? Quizás de todo el mundo no (desde luego despunta), pero sin duda sí lo es de "nuestro mundo"; ése que los países de occidente hemos delimitado separando a los buenos y a los malos; a los países que participan abiertamente de nuestro perfecto sistema capitalista globalizado y a los que no (independientemente del sistema político que los gobierne); a los que "profesamos" religiones "verdaderas" y a los que son "fundamentalistas" y "radicales". En este mundo nuestro, Israel es el país más despreciable, el que en virtud de su fuerza desmedida, la que le da el dinero y las armas, se salta todas las reglas y nos avergüenza. Es el hijo gamberro de la familia, el que agrede a sus compañeros y al profesor. Pero ya saben, como es de la familia, siempre hay padres dispuestos a buscar excusas a su comportamiento, e incluso padres capaces de, en lugar de reprender a su hijo, agredir de nuevo al profesor. Si prestan un mínimo de atención no les costará nada escucharlos. A mí me dan vergüenza ajena. Antes de decir cómo deben comportarse los hijos de los demás, qué menos que educar al nuestro. Y ante todo, no buscarle excusas.

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