20 noviembre 2008

El horror (nuestro)

Me conmuevo leyendo, en León de ojos verdes, la última novela de Manuel Vicent, el fragmento que narra el viaje de presidio en presidio, de una joven recién casada en busca de su marido en la España inmediata al fin de la guerra civil. Es un relato inevitablemente duro, pues no puede ser de otra manera una historia que habla de una más de las miles de mujeres que malvivían a la intemperie a las puertas de las cárceles en las que, con suerte por seguir vivos, se hallaban sus maridos por el mero hecho de haber defendido la legalidad vigente durante el alzamiento fascista de 1936.

Es sólo uno más de los relatos que hablan del drama vivido aquellos años (me viene a la memoria por su sencillez y brevedad el magnífico Réquiem por un campesino español de Ramón J. Sender) y que abundan en la literatura española. Tampoco en el cine faltan los ejercicios de memoria sobre la Guerra Civil que hacen de éste, tras el 'Holocausto' (la industria cinematográfica estadounidense pone todas sus armas para que los judíos sigan siendo recordados como víctimas en un mundo en el que ahora ejercen mayormente de verdugos) y la guerra de Vietnam, el conflicto bélico -y sus derivados- seguramente más veces tratado en el celuloide.

Todo ello ha generado una sensación de normalidad respecto a nuestro pasado, pues al fin y al cabo, desde hace años, parece que no se han puesto trabas a las denuncias a través del arte, de lo vivido y sufrido en el conflicto y la posterior dictadura. ¿Pero es así? Ciertamente no. Y no lo es porque el país, a diferencia de la Alemania de la postguerra que se vio obligada a desfilar por los campos de concentración para ver con sus propios ojos el horror del que habían sido cómplices, nunca se enfrentó al horror de la dictadura. Es por eso por lo que hay tanto escrito y tanto filmado sobre el tema, y por lo que autores como Vicent en este relato, González Ledesma en sus constantes referencias a las mujeres forzadas a prostituirse en la Barcelona de la posguerra, o el desaparecido Alberto Méndez en Los Girasoles Ciegos, lo trasncriben de un modo u otro tratando de enmendar ese acto de contricción que este país nunca ha realizado.

Pero es algo que no está en su mano, sino en la de los sucesivos gobiernos que han pasado por el Parlamento tras la muerte del dictador y que no han hecho nada para remediarlo. Lo más lejos que se ha llegado es a una Ley de la Memoria Histórica nacida coja y que permite a los herederos de los tiranos y sus cómplices seguir disfrutando de los beneficios que les brindó el golpe de estado. Sí, hoy 20 N, será el primero que reducidos grupos de trasnochados falangistas y fascistas no desfilarán por el 'Valle de los Caídos', pero seguirá siendo uno más en que ese monumento (por poner sólo un ejemplo) siga sin convertirse en el Auschwitz español -como museo del horror franquista- que debería ser para escarnio de sus autores y ejemplo para las futuras generaciones.

Pero no es así, y mientras los aparatos del Estado siguen poniendo obstáculos para que haya una condena absoluta de la barbarie y sus autores y cómplices y se muestre en toda su rotundidad el horror que causaron, será en películas y libros donde podremos conocer algunos, los que pongamos voluntad, lo que sucedió en aquellas terribles décadas. Y nos conmoveremos sí, aunque no faltarán los que, ante la ausencia de los actos que les expongan definitivamente el horror a la luz pública, dirán que no fue para tanto y que, además, las víctimas lo merecieron.

La foto que encabeza esta entrada la he sacado de este interesantísimo blog. La de abajo, con el primer presidente de las Cortes franquistas junto al cardenal Enrique Pla y Deniel, de esta otra.

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