27 noviembre 2008

Cuando se apagan las luces

Mucho se ha hablado de iluminación estas últimas semanas en Valencia. Primero fue debido al recorte de presupuesto en iluminación ornamental para la inminente campaña navideña y después por la inclusión de medidas de ahorro en alumbrado en los presupuestos municipales para el próximo año presentados para su aprobación por el equipo de Rita Barberá. Pero no seré yo quien se lamente de ambas decisiones. Bien al contrario, considero que eran necesarias a la vista del excesivo derroche lumínico de la ciudad y no habría que haber esperado a ir pelados para tomarlas. Sin embargo, ese apagado de luces que llega tras años de despilfarro no deja de traerme sugerentes imágenes que bien podrían simbolizar lo que ha aportado la resplandeciente política municipal de Barberá durante todos estos últimos años de bonanza; años que parece que no nos han dejado (y siguen sin aportar) ningún rédito significativo, a la vista de lo rápido que han quedado vacías las arcas del Ayuntamiento (la crisis no ha empezado y ya estamos sin un clavo, que diría aquel).

La más potente -y perdonen que me fije en algo que me toca de cerca- es la que me proporciona el hincapié que se ha hecho en el anuncio del apagado de la mitad del alumbrado del paseo marítimo de la ciudad este invierno a partir de las 22 horas. Se incide en él seguramente porque cualquier valenciano lo entendería y es del todo justificado ya que, salvo los pocos vecinos que gustamos de pasear por allí y los centenares de corredores que utilizan el paseo como pista, muy pocos se acercan por el paseo si no es en las noches de verano. Pero tan justo es reconocer que esa iluminación es prescindible como cierto apuntar que su apagón constata el fracaso de la política de la alcaldesa para acercar la ciudad al mar, objetivo y logro no conseguido del que lleva presumiendo desde que llegó a la alcaldía hace ya 17 años. Y ni los recientes despilfarros de la Copa América o la Fórmula 1 en pleno puerto (ambos espacios, por cierto, inútil y excesivamente iluminados durante las noches de los últimos meses aunque por ellos no circulara absolutamente nadie), han servido -como era previsible- para que los valencianos hagan más vida en los barrios marineros de la ciudad, pero en ello y no en los barrios se han ido ingentes cantidades de dinero, justificadas muchas veces en ese peregrino objetivo. Es un fracaso rotundo más (una batalla que se da por perdida, pese al enorme potencial de la playa y el clima valencianos) al que asistimos cuando, tras el espectáculo, cae el telón y en la sala se apagan las luces. Cuando salimos a la calle y nos reencontramos con la realidad, aunque ya sin crédito para refugiarnos en otra fantasía. ¿Ahora qué?

FOTO: La foto que encabeza esta entrada la difundió EFE con motivo de uno de los simbólicos apagones de cinco minutos a los que sumó el Ayuntamiento de Valencia. Quizás el único gesto realizado en los últimos años por el consistorio en relación a algo parecido al ahorro energético.

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