29 octubre 2008

¿Qué nos queda?

Un despido masivo no es lo mismo que una quiebra, pero en cualquier lado llamaría la atención una respuesta tan escasa como la que ha dado la ciudadanía valenciana al ERE (a día de hoy, por desgracia ya no hace falta explicar lo que significan esas siglas) presentado hace unos días por Marina D'Or. Al margen de los que sonríen al ver como flaquea otro de los emblemas de la prosperidad valenciana popular (por el partido, por supuesto), lo cierto es que a estas alturas, después de los descalabros de los principales símbolos del modelo económico valenciano del pasado más reciente -Astroc, Llanera, Nou Temple, etc.-, un expediente que deje en la calle a 214 trabajadores se podría considerar un mal menor.

Sin embargo, si esa pasividad no se aísla y en cambio se suma a la que ha acompañado el ERE planteado por Ford en Almussafes (que podría desencadenar la pérdida de varios miles de empleos), o a la de Ono de la pasada semana, que pretende despedir a un cuarto de su plantilla (una cantidad similar de empleados a los que tiene en la Comunitat), la estampa que transmite la ciudadanía valenciana respecto a lo que se le está viniendo encima tiene dos lecturas. Una, mala, diría que responde a que los valencianos sabían desde hace años que la gestión económica de la Comunitat jugaba con fuego y, por eso asume las consecuencias derivadas de ella. La otra, no sé si igual de mala o peor, es que los valencianos están tan lobotomizados que aceptan sin rechistar que se les conduzca al precipicio.

Se deba esa pasividad ante la crisis que está afectando a la Comunitat de un modo especial, a una razón o la otra, lo cierto es que el paisaje económico valenciano que se vislumbra cuando esto no acaba (según todos los indicios) más que de empezar, es desolador. Pero no sólo porque todo el tejido empresarial salido de la nada en los últimos años, al amparo de los gobiernos de Eduardo Zaplana y Francisco Camps y que encarnó su modelo de prosperidad, se esté viniendo abajo, sino porque tras esa preciosa pero frágil cáscara reaparece el clásico tejido económico valenciano -el calzado, el mueble, etc.- que en lugar de haberse adaptado a los nuevos tiempos, presenta el peor aspecto de su historia, perdidos o a punto de perderse también sus viejos emblemas (como Lois, Ferrys, Kelme, Lladró, el mueble valenciano, etc.). Sin lo nuevo y sin lo viejo. ¿Qué nos queda?

Tanto monta, monta tanto, Francisco como Eduardo (la impagable foto la firma Carles Francesc para El País).

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