20 octubre 2008

El perfecto idiota valenciano

Si, cuando visitan este blog, no leen más que alguno de mis textos o van directamente a los enlaces, seguramente no habrán leído el comentario que un usuario que prefiere mantener el anonimato ha dejado esta mañana en la anterior entrada. Más que un comentario es una columna en sí misma, y la ha titulado "El perfecto idiota valenciano". Ojo, nadie debe sentirse ofendido a priori por esta denominación, pues como muchos de ustedes sabrán, ésta guarda una enorme similitud -como si de un homenaje se tratara- con la de la vieja obra Manual del perfecto idiota latinoamericano, firmado entre otros por Álvaro Vargas Llosa y prologado por su padre, Mario. Quién sabe, quizás el eterno candidato al Nobel esté detrás del comentario/texto que, por su interés, les reproduzco como merece, en una entrada propia.

El perfecto idiota valenciano

Una de las características más sobresalientes del perfecto idiota valenciano es su impermeabilidad intelectual a toda evidencia. El P.I.V. es teóricamente un demócrata pero ni se indigna con lo que la prensa caritativamente llama “el caso Fabra” ni protesta porque miles de niños se vean obligados a estudiar en barracones, por poner dos ejemplos infamantes con los que convivimos a diario. El P.I.V. ha interiorizado el meninfotisme no como un derecho o una desequilibrada manera de ser sino como una envidiable virtud individualista. Cándido, egoísta y acomplejadamente provinciano, el P.I.V. se conmueve con la visita de un Papa a Valencia –sobre la que no pide cuentas a sus gobernantes–, pero, al mismo tiempo, ni se le pasa por la cabeza manifestarse en la calle para exigir el esclarecimiento de uno de los accidentes de metro más luctuosos de la historia que se cobró la vida de 43 seres humanos. El P.I.V nunca pide responsabilidades.

El P.I.V. no participa en organizaciones vecinales. Su activismo ciudadano se concentra en el seguimiento de la evolución del Valencia C.F., en las fallas y demás jaranas populares. Si al P.I.V., ya le enloquecían las paellas gigantes, montajes como la Copa del América o la construcción de un circuito urbano de F-1 le colman de un legítimo orgullo que vagamente identifica con el “progreso” de la retórica gubernativa autonómica y local. El P.I.V. jamás pisa un museo, no lee libros, ni pierde un segundo en comparar las promesas electorales con los hechos objetivos. Al P.I.V. no le preocupa el funcionamiento de las instituciones, ni su escasa transparencia, ni el autoritarismo y la palabrería de sus gobernantes, ni la doble moral de estos, aunque, a causa de su acendrado complejo provinciano, el P.I.V. esté dispuesto a creer en consignas irracionales como la de que “el gobierno central odia a los valencianos”. Al P.I.V. tampoco le interesa el estado actual de la sanidad, ni el de las Universidades, ni si funcionan o no las políticas de protección social. El P.I.V. es un elemento extremadamente maleable. Si políticamente le humillan, es obsecuente; si le utilizan, consecuente, aunque ignore ambas cosas. Conscientes del trascendental valor de su voto cada dos y cuatro años, nuestros actuales gobernantes suelen referirse al P.I.V. en plural como “el pueblo valenciano” o “nuestros ciudadanos”, aunque según veo, excepcionalmente y con el propósito de obtener el mayor rendimiento de una nauseabunda campaña de agitación, ahora tuteen al perfecto idiota valenciano.

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