15 septiembre 2008

El Dorado

"En la periferia de este complejo lúdico y medicinal y más concretamente hacia el norte, se extiende una sucesión incesante de edificios de apartamentos para el veraneo y la distracción. A medida que los van acabando, los venden, alguien los ocupa y empiezan a construir otro al lado, siempre hacia el norte y sin dejar de trabajar nunca.

Cuando ya no funcionen las montañas rusas ni las piscinas de agua caliente, aquí no quedarán más que ellos, centenares de estos enormes edificios compuestos como un siniestro cubo de Rubik por miles de apartamentos repetidos en seis colores a elegir. Y dentro vivirán miles de personas.

La distribución soviética de estas moles, del espacio y de sus funciones, esperfectamente tolerable para estancias cortas en que el veraneante para poco por el apartamento [...]. Pero vivir aquí, habitar este lugar y no sólo veranearlo, debe ser algo muy diferente [...]

En el resto del planeta Tierra, las concentraciones de domicilios de un tamaño semejante tienen ayuntamiento, no consejo de administración. La pregunta es si este montón de segundas viviendas dejará de ser algún día un retiro estival para convertirse en un montón de primeras viviendas, una inmensa batería de historiales cotidianos completos, una madriguera del tamaño de una ciudad, un vaillieu, un gueto."

Esas son algunas de las -más que interesantes- reflexiones que suscita a Trebor Escargot, el protagonista de la nueva novela de Robert Juan-Cantavella, El Dorado, el complejo Marina d'Or*, donde el autor de Almassora ha situado a su periodista gonzo con el fin de que escriba un reportaje sobre las vacaciones de una familia media española (la cosa, obviamente, se irá de madre). Aún no he terminado la novela, en la que Cantavella, además de rendir su particular homenaje a Miedo y asco en Las Vegas de Hunter S. Thompson, se permite, situando la acción en la semana del accidente de metro de 2006 y la visita del Papa Benedicto XVI, desahogarse con más de una ácida reflexión sobre aquellos momentos. Reflexiones que, pese al estado en que se encuentra el personaje, pueden ser tan certeras e interesantes como la que les he citado (y eso que está contextualizada en el 2006, porque me gustaría ver al ritmo que se construye ahora en el complejo). Por si les interesa**.

*La alcaldesa Rita Barberá, siempre reacia a emplear el valenciano, seguramente llamará al complejo "Marina de oro". Si no me creen traten de escucharla en unas declaraciones ofrecidas hoy al respecto de la polémica del nombre del nuevo puente de Calatrava en Valencia ( y van...), que quería llamar "de la Fórmula 1" en lugar del acordado hace años en el consistorio de "l'Assut de l'or". Enfadada por la polémica, la alcaldesa rectificaba y decía que sí, que se llamaría de "lasud del oro". Imagino que no tendría ni idea de que "assut" podía también traducirlo por azud y decirlo, como habría sido su deseo, todo en la lengua del imperio.

**De Marina d'Or se ha escrito mucho, pero nada comparable al informe que en su día publicó el semanario El Temps y que Cantavella cita en su obra. Si quieren pueden leer (en valenciano) uno de los reportajes que lo integraban (firmado por Violeta Tena) siguiendo este enlace y pinchando -en la barra móvil- en su título: Mentides d'or.

PD: No puedo titular un post El Dorado y no recomendarles el café-pub del mismo nombre que mi colega blogger Alicia Martínez e Isaac Alonso han abierto en Valencia (C/Alzira, 25), con una programación plagada de actividades culturales de las que Alicia informa en este blog. Pasen sin miedo.

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