22 agosto 2008

Enganchados

El circo de la Fórmula 1 ya ha empezado. A las 10 de la mañana el sonido de los bólidos ya atronaba en las cercanías del circuito, emplazado a apenas 800 metros de donde resido. Llegado este momento, la pregunta que cabe formularse sería una bien sencilla: ¿y qué? Vamos, lo digo porque si uno ha seguido en mayor o menor medida los informativos de la televisión autonómica y los medios privados afines y no tan afines al régimen, parecía que esto iba a ser la repanocha, el golpe de gracia de una gestión que iba a hacer de Valencia la capital mundial de vaya usted a saber qué. Y lo que es, es simplemente una carrera de coches, de una gran competición, pero una cerrera al fin y al cabo. Cualquiera que haya asistido a una (o a una del campeonato mundial de motociclismo, que viene a ser lo mismo, pero concedamos que sin el 1% de invitados glamurosos) sabe que se trata de un evento al que los aficionados acuden bien temprano para disfrutar intensamente, haciendo muy poca vida fuera de él y huyendo, en la práctica totalidad de los casos, en cuanto la prueba termina.

Que Valencia se hubiera llenado de aficionados o que, como parece que va a suceder, vayan a quedar bastantes entradas sin vender, es lo de menos. Ni el lleno ni el vacío constituyen un éxito o un fracaso, pues lo que se celebra este fin de semana no es otra cosa que una carrera; como la del mundial de motociclismo (también uno de los que hay, que hay muchos) que tanto se deseó para Valencia durante décadas y cuya actual celebración anual, tremendamente exitosa, pasa ahora totalmente desapercibida para la mayor parte de la población. Que la de Valencia vaya a ser en un "circuito urbano" (lo cuál es una falacia, porque solo una o dos rectas pasan parcialmente frente a una manzana de viviendas), "único", que "nos va a dar proyección internacional", que "va a generar prsperidad" y todo el resto de bobadas que se están diciendo al respecto de la prueba, es lo que sí resulta en definitiva preocupante de todo este embrollo; pues toda esa propaganda fácilmente desmontable pone de manifiesto la tremenda facilidad con que gran parte de la población valenciana es sensible a ser manipulada.

Una población que durante meses ha vivido pendiente de esta prueba como si su porvenir dependiera de ella y ha permitido sin rechistar -en su mayoría- el empleo en su realización una parte muy importante de sus recursos. El lunes, cuando una vez celebrada la prueba la vida siga igual, ¿se detendrá esta gente a pensar de qué sirve todo esto? Me temo que no. El populismo chabacano de sus dirigentes, diciéndoles que Valencia ha sido "capital del mundo" por un día, "la envidia de España" o cualquiera de las fórmulas tan populares empleadas por estos lares, les llenará de satisfacción al saciar el mono de los complejos que estos mismos políticos les han inculcado. Y cuando pasen los efectos de esta dosis y aflore ante sus ojos la realidad de una arquitectura social pública abandonada y endeble, descuiden, que los dirigentes ya se ocuparán de proporcionar otra dosis. Hasta que el cliente se quede sin crédito, por supuesto. Entonces ya veremos.

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