24 julio 2008

Cambiar para que nada cambie

Durante meses escuchamos que era el candidato que iba a protagonizar el cambio, pero no lo escuchábamos, veíamos o leíamos exclusivamente a través de los medios de comunicación del país a cuyas elecciones presidenciales se postulaba (las estadounidenses), sino también a través de los nuestros; y no solo de los institucionales, sino también de los personales, con multitud de blogs prodigando sus bondades frente a los defectos de su rival. Me refiero, claro está, a Barack Obama, que a la postre se convertiría el primer candidato negro a la presidencia de los EEUU. Su campaña en las primarias causó furor, aunque al margen del factor exótico y el cariz de espectáculo que adquiere todo lo "hecho en América" -como dicen los estadounidenses-, nunca entendí el fervor del personal por estos lares. Ayer en una tertulia radiofónica que escuché de modo fugaz, un participante daba la explicación más lógica aplicándola al seguimiento mediático que estaba recibiendo la actual tournée euroasiática de Obama. "Los medios no disponen de medios ilimitados por lo que apuntan a aquello que puede despertar mayor interés, y normalmente no se suelen equivocar" vino a decir el contertulio, a lo que yo añadiría que los medios, aunque mona se quedase, de seda la vestirían.

Y así, con la seda puesta se nos presentó Obama en las primarias del Partido Demócrata, y aquí se nos destacó tanto la seda que el personal llegó a creérselo. Efectivamente, las elecciones presidenciales estadounidenses tienen trascendencia mundial, pero está más que comprobado -de algo sirve la historia- que bien poco importa quien las gane. No obstante, como decía al principio, durante meses estuvo mucha gente sufriendo por si Barack Obama conseguía el respaldo necesario para ser el candidato demócrata a ocupar la Casa Blanca; y cuando por fin lo consiguió, sólo ha necesitado unas semanas para desdecirse de la mitad de lo prometido, antes incluso de llegar a la presidencia. Era de esperar. Nada, desde su dependencia de las corporaciones (prometió que haría campaña con fondos públicos para no deber favores, para pasar a hacerla exclusivamente con fondos privados) a su postura respecto a la política exterior de su país (de temido por los lobbies judíos ha pasado a máximo garante de la nuclear Israel), le diferencia de los que podrían ser sus antecesores. Salvo el color de la piel. ¿Es eso suficiente para tanto revuelo? Que los medios fabriquen héroes para vender más ejemplares u obtener mayor audiencia es comprensible, pero que el personal pique con tanto entusiasmo cuando se le ofrece tan poco es mal síntoma. Porque que nadie se equivoque, el cambio será, si lo es, para que nada cambie.

PD: Alguna tímida rectificación frente al entusiasmo previo se ha podido leer por ahí ante el evidente signo conservador de las recientes declaraciones de Obama, pero insuficientes para contrarrestar el fervor previo. ¿Por qué nos cuesta tanto rectificar?

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