16 junio 2008

Desde Valencia

Ya han pasado unos días desde que se inaugurara el pasado viernes Expo Zaragoza 2008 y todo lo leído, escuchado y visto sobre ella en prensa, radio y televisión, no ha hecho sino ratificar la sensación previa que tenía de un evento en el que tantos aragoneses, especialmente zaragozanos, tienen sus esperanzas depositadas. Y esa sensación es una mezcla de sorpresa y pena. Sorpresa, por la alegría que se nos comunica a través de todos los medios la alegría y el orgullo con que supuestamente viven todos los maños este "acontecimiento". Y pena porque, en primer lugar, a pesar de ese bombardeo mediático, no percibo a mi alrededor -y mi alrededor es bastante amplio- el mínimo interés por asistir a ese evento que, a pesar de lo que se diga, no parece aportar nada extraordinario que no haya en centenares de ciudades. Está claro que del caso particular no se puede extraer la norma, pero resulta extraño que un evento tan "extraordinario" no haya entrado en ninguno de los planes de la -mucha- gente que te rodea, que ni siquiera se haya barajado como una opción (entre muchísimas) para una escapada de verano.

Y esa primera pena redunda en la segunda, que es la de pensar en esos aragoneses o zaragozanos que viven amargados sintiéndose de segunda, a los que les han vendido este embolao por el que ahora sacan pecho, creyendo que desde otras regiones les miramos con envidia (cuando realmente esa feria nos importa un bledo). Los que viven así, eternamente acomplejados, me dan pena, pero más me la dan -y en un sentido más positivo- aquellos aragoneses que han visto como sus gobernantes despistaban a la población con este circo y dilapidaban en él una gran porción de fondos públicos que apenas ha generado más que un aumento desproporcionado en el precio de la vivienda y que, seguramente, salir por la ciudad se haya convertido en algo más prohibitivo. A estos últimos les diría que no se preocupen, que no nos olvidamos de que lo más valioso de Zaragoza no es que tenga el acuario fluvial más grande de Europa (¿de qué me suena este tipo de frase?) y que el valor de Aragón no reside en estas tontadas. Y se lo digo porque les entiendo. Porque sé de lo que les escribo desde aquí, en Valencia, tan solo a un centenar de metros del desierto y abandonado puerto de la America's Cup.

Publicar un comentario