21 enero 2008

Engañabobos

Del término engañabobos no me gusta la definición que da el diccionario de la RAE. Yo entiendo por un engañabobos una mentira que, de burda que es, sólo engaña a los más ingenuos. En ese sentido lo escuché en boca de mi madre durante mi infancia en innumerables ocasiones cuando le pedía algún juguetito de moda que ella bien sabía que era todo fachada generada por la propaganda.

Les cuento esto porque hoy el término ha venido a mi cabeza como un relámpago cuando he escuchado cuál era la noticia del día en mi ciudad. Y es que este lunes en Valencia, el Ayuntamiento ha anunciado con bombo y platillo el establecimiento de un límite de velocidad de 30 km/h para el entramado de estrechas calles de parte -ojo, no será ni la mitad- del casco histórico de la ciudad.

"Zona 30" han llamado desde el Ayuntamiento a las calles implicadas, como dando un toque definitivo de distinción y exclusividad a su idea. Una idea que, aunque se vista de seda, no deja de ser una sandez. Y es que por esas calles, estrechas, sin visibilidad, frecuentadas por multitud de peatones (muchos de ellos ancianos), sólo circulan a más de 30, desde hace años, los más irresponsables. Se podría decir que ir a 30, es incluso, una temeridad. Vamos, que no hacer eso y no hacer nada es lo mismo.

"Se pretende reforzar este carácter de peatonalización" con la medida, dice el concejal de Circulación y Transportes Alfonso Novo. ¿Pero qué carácter ni qué ocho cuartos? O el casco antiguo es peatonal, como en las grandes ciudades europeas orgullosas de su pasado, o no lo es, como en el caso de Valencia, en el que se deja que el barrio se destruya -el conjunto histórico de sus características más extenso de Europa- para facilitar la especulación y evitarse el enfado de los más retrógrados, incapaces de dejar su coche ni para ir a por el pan.

Esto lo saben ustedes, yo y cualquiera que se haya dado una pequeña vuelta por España -no hay que alejarse mucho de Valencia para disfrutar preciosos cascos antiguos peatonales-, pero mi Ayuntamiento aún así vende su iniciativa como un logro, como un regalo suyo a la ciudad. Obviamente no deja de ser un engañabobos, pero la gente, en lugar de enfadarse por ser objeto de él, parece encantada. Es lo que hay.

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