11 diciembre 2007

Transporte público o caos

Leía el domingo en la prensa un artículo en referencia a la enorme congestión de tráfico que se vive a diario en el centro de Valencia. En él, los agentes encargados de regularlo, apuntaban que se esperaba que el problema se incrementara considerablemente estas navidades. Pero esa realidad, antes que espantarme, se me antojó como una posibilidad única para que el Ayuntamiento de la ciudad tomara de una vez por todas una medida para implementar el transporte público.

Es evidente que a la situación actual se ha llegado por la desconfianza total y absoluta de los ciudadanos en la red de transporte público. No hace ser un gran conocedor de la realidad social valenciana para constatar que más de la mitad de los ciudadanos que lo no utiliza nunca (en sus formas más populares de metro y autobús), mientras que, de la otra mitad, sólo una pequeña porción lo utiliza habitualmente, quedando el resto que lo hace de modo esporádico. Sólo eso -o la resignación al hecho de tener unos gestores nefastos- justificaría que pocas veces los usuarios lamenten frecuencias de paso de veinte minutos en paradas de metro de Valencia (frecuencia un 700% más elevada que la habitual en las redes de Madrid o Barcelona): sólo lo utilizan aquellos a los que no les queda otro remedio.

Pero ahora, cuando se ha tocado literalmente fondo, cuando se presume de interés en liderar el cambio climático, cuando se quiere alardear de ciudad turística, este caos de tráfico proporciona una inmejorable oportunidad para tomar medidas drásticas. La peatonalización del centro o la imposición de una tasa para poder circular por sus calles, acompañadas, evidentemente, de una fuerte inversión en transporte público -que no sería tal, pues el notable incremento en su consumo la sufragaría-, son medidas que grandes ciudades europeas han adoptado ya con éxito. Eso sí, son medidas valientes, que de primeras siempre se encuentran con el rechazo de una gran parte de la población, pero que bien explicadas y respaldadas por unos resultados que no se hacen esperar, acaban cuajando y recibiendo el aplauso y el beneplácito de los habitantes de la ciudad.

¿Tendrá Rita Barberá la categoría política para liderar un cambio como éste u otro similar, o simplemente habrá que considerarla como la alcaldesa que estuvo al frente de la ciudad cuando ésta se sumió en el caos?

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