01 noviembre 2007

El síndrome Calatrava

"Desde las vías del tren de cercanías, en el tramo comprendido entre la Font de Sant Lluís y El Cabanyal, la vista resulta incomparable para el viajero en movimiento. Toneladas de cemento para levantar un conjunto de grotescos edificios que vienen a resultar lo más parecido a una maqueta adolescente confeccionada a partir de tebeos dudosamente futuristas. Un Calatrava o dos puerta con puerta ya es lo bastante pintoresco para resultar llamativo, resultón incluso, pero cuarenta moles vestidas de blanco rebosando organicismo de manual por todos sus poros es algo que puede lastimar para siempre la mirada de cualquiera, sobre todo cuando coexisten con montañas de contenedores en el reposo perpetuo de vertederos ilegales.

Visto el conjunto Calatrava desde ese lugar, donde la ciudad pierde su nombre y quedan restos de antiguas sendas de acequias frecuentadas por prostitutas, el viajero se pregunta si las autoridades han pegado dos ciudades distintas para ilustración contrastada de los visitantes ocasionales o si alguien ha perdido la razón en la prosa de una arquitectura de pretensiones grandiosas que se queda en discurso de la nada al tiempo que supone una agresión notable al entorno que con tanta resignación la acoge."

Éste es sólo un fragmento de El síndrome Calatrava, la magnífica columna de Julio A. Máñez publicada hoy en la edición valenciana de El País.

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