08 octubre 2007

El paseo

Las ideas se le agolpaban en la cabeza al llegar al final del paseo marítimo. En lugar de continuar recto y enfilar el puente que supera la desembocadura de la acequia que limita los términos de Valencia y Alboraia, dio la vuelta sobre sí mismo. Y frente a él quedó el vasto paseo que acababa de recorrer de cabo a rabo, tan vacío como ayer, como la semana pasada, como estaba ya a mediados de septiembre una vez que empezaron las clases y como lo recordaba del año anterior, el otro y el de más allá.

A penas se había cruzado con un centenar de personas en su trayecto de varios kilómetros. Efectivamente, eran las nueve de una tarde ya otoñal, por lo que luz no había mucha, pero la preciosidad de la estampa, con la luna reflejándose sobre las olas de un mar en calma y la inmensidad del recto horizonte de las profundas playas, serían motivo más que justificado para que cualquier amante de la belleza con tiempo libre decidiera disfrutarlo allí. Además era jueves, y los jueves, los jóvenes y algunos no tan jóvenes, ya empiezan el fin de semana.

Pero no, a su regreso al punto de partida había quizás menos gente que en la ida, y muchos de los clónicos restaurantes del paseo estaban cerrados o si no, prácticamente vacíos. Es normal, pensó a su pesar, pues la mayoría de sus explotadores -tenía entendido que los alquilaban al Ayuntamiento- se dedicaban a beneficiarse durante el verano de su privilegiada posición a costa de los ingénuos turistas que no sabían que les servirían comida muchas veces mediocre a precios desorbitados. Ahora, después de haber hecho literalemente "el agosto", los cerraban dejando una estampa desértica, mientras que los pocos que se atrevían a abrir se encontraban con que los pocos que pasean por allí son los que no se atreven a averiguar si les cobran tres euros por una caña.

No, no hay vidilla, pensaba al tiempo que recordaba la frase que había escuchado en boca de la alcaldesa. Aunque la verdad es que, a lo que se refería Rita era a la supuesta bonanza que había traído la millonaria Copa América y el personal de los equipos que vinieron con ella. Pero lo cierto es que, al margen de las decenas de guiris que subían y bajaban en bici por el paseo el año anterior, nada había cambiado mucho de celebrarse la competición, que había costado un pico a la ciudad, a no hacerse. Vamos, que el cambio no lo notaba. ¿Que serían cien personas más en el paseo a estas horas? Poco beneficio para la ciudad, aunque los bares de la playa tuvieran diez mesas más ocupadas.

En esas estaba cuando llegó en su camino a la altura del lujoso hotel de Las Arenas, por lo que abandonó el paseo y enfiló hacia su barrio. Vaya hotelazo, pensó, recordando como hasta apenas dos años antes las prostitutas campaban frente a la que ahora es su fachada, hasta el punto que todavía de vez en cuando se puede ver a alguna descolgada tratando de que le caiga el premio gordo en forma de cliente de la lujosa residencia. Eso le llevó a recordar también el día que la autoridad local decidió situar el puesto de reparto de metadona en ese mismo punto, forzando a los heroinómanos a atravesar todo el barrio del Cabanyal-Canyamelar. Ya no son tantos, se dice, aunque sabe que los hay, resituados principalmente ahora en la zona del barrio que el Ayuntamiento quiere arrebatar a los vecinos.

Ya no falta nada, se dice a sí mismo mientras aprieta el paso al caminar junto al viejo parque de la Avenida Doctor Lluch, último legado del gobierno de Ricard Pérez Casado al barrio, y nido de marginación y droga durante los últimos dieciséis años de gobierno local de Rita Barberá, que lo abandonó nada más llegar al poder quizás para señalar a los vecinos que de sus rivales nada bueno podría quedar. Ahora, constata, han pintado sus muretes, aunque ve que las farolas del parque siguen destrozadas para preservar la intimidad que proporciona la oscuridad a sus pobladores.

Algo tramará, se lamenta para sí, mientras suspira ya al entrar sano y salvo un día más a su portal. Nada espera de la alcaldesa al margen del susto, que intuye en un futuro no muy lejano, de que pueda ser la suya la siguiente finca que haya que derribar para acabar con una degradación del barrio que, como constatan los hechos, ella no ha contribuido a frenar. Ayudas para la restauración del patrimonio, servicios públicos, seguridad y la simple aplicación de la ley vigente sí que darían vidilla a este barrio único y atraerían a los vecinos de Valencia orgullosos hacia él y hacia el mar, le replica su mente una vez más. Pero como bien sabe, lo que aquí se persigue no es el bien común, ni lo mejor para la ciudad, sino disponer de un nuevo solar con el que especular.

¿Pero por qué los valencianos son tan ignorantes como para no reaccionar a semejante afrenta? ¿Reaccionarían con la misma pasividad si se pretendiera arrasar y destruir el casco antiguo de su ciudad? Entonces, ¿por qué no hacen nada para defender y reivindicar otra zona de una belleza similar?, se pregunta mientras se rinde encendiendo el cigarrillo que no deseaba fumar. Como al volver de la mayoría de sus paseos, tampoco esta vez sabe qué contestar.

Publicar un comentario