21 agosto 2007

No es una utopía

De la más grande y céntrica plaza de la ciudad, o al menos la de su antiguo centro histórico, partía un entramado precioso de calles peatonales y llenas de vida, que se prolongaban sin intromisión alguna de vías para el tráfico rodado a lo largo de cientos y cientos de metros. Era ya entrada la tarde y las calles hervían de gente. Jóvenes cargados de garrafas de vino y bolsas repletas de tantas botellas de bebidas gaseosas y como de brebajes espirituales, se confundían entre los paseantes adultos, que los miraban sin acritud alguna, aunque por los atuendos de unos y otros -era tan fácil encontrarse con púberes melenudos como con orgullosos ancianos luciendo polos con todas las maneras imaginables de representar la heráldica patria; con fanáticos del toreo recién salidos de la plaza, como con personal luciendo adhesivos antitauromaquia- sus gustos y opiniones pudieran discrepar radicalmente.

Quizás se debiera al contexto: la ciudad estaba en fiestas. Sin embargo y pese a la altura del día, las calles, en el atestado centro y sus alrededores, lucían prácticamente limpias. Y así seguían cuando regresamos, tras deambular durante un par de horas por ellas, a esa plaza central repleta de zonas arboladas y cuidados jardines en la que en unos minutos, actuarían Barricada completamente gratis. Días después ocuparían el mismo escenario Miguel Bosé, Dover, Fangoria, Kepa Junkera y otros, en una oferta gratuita y para todos los públicos. Cuando el concierto acabó salimos de allí atravesando de nuevo por otras de las calles del casco antiguo y seguimos sin ver ni un ápice de degradación, ni un rincón abandonado. La peatonalización de esas vías parecía haberlas dotado de vida, haber retenido en ellas el paso del tiempo para evitar su deterioro y que mantuvieran su personalidad y con ella la de la ciudad.

Obviamente, mis conciudadanos y lectores habituales sabrán que eso no lo he vivido en mi agria urbe (la creación constante de enemigos por parte del gobierno valenciano para perpetuarse en el poder anula la posibilidad de la convivencia tranquila que antes cité), sino prácticamente a mil kilómetros de ella, en Pontevedra, hace tan sólo unos días. Allí -al margen de la anécdota de los conciertos que sirve para contrastar con la gestión de una Valencia en la que el Ayuntamiento subvenciona actuaciones por los que el público acaba pagando igualmente-, he visto lo que ya comprobé hace años en Ourense, A Coruña, Vigo o la preciosa León -por poner un ejemplo de fuera de Galicia-: que si se quiere es posible recuperar una ciudad, pues las primeras molestias se convierten en elogios de los propios vecinos al comprobar que lo que realmente hace atractivas y únicas a sus poblaciones son su historia y su legado, y sólo hay un modo de conservarlos.

Con esas certezas, unas cuantas experiencias más, algún nuevo amigo, y un poco de energía recuperada tras poner el cerebro en estado de "hibernación" un par de semanas, regreso de nuevo a mi Valencia. Con la intención de poner mi granito de arena para hacerla, si es posible, más cercana al modelo de polis para el disfrute de sus habitantes y visitantes que de nuevo encontré más allá de sus fronteras. Otra vez y en otro lugar la vieron mis ojos. No es una utopía.

Frente al edificio del fondo se ubicaba el escenario en que actuaron Barricada y el resto de bandas, sin que seguramente se produjera ningún desperfecto. Cosa de urbanidad (la foto la he tomado prestada de la web de Paralaia).

PD: En mi regreso no me he reencontrado con mi amigo Adolfo, que partió de aquí en busca de un futuro mejor -al lado de su chica, todo hay que decirlo- en Holanda. Por suerte me tendrá al corriente de todo -y al que le pueda interesar- en su recién inaugurado blog El Tulipán Moreno. Te leo.

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