05 junio 2007

Una historia cotidiana

Cae un sol de justicia mientras X espera el tranvía en la parada Vicente Zaragozá de Valencia. Lleva ya casi diez minutos esperando al siguiente convoy, pero sigue sin verse llegar por el horizonte de la gran avenida. No le extraña, es el tercer viaje que hará en el día y ninguno de los tres (hoy la suerte no se ha aliado con él haciendole llegar a las paradas al tiempo que llegaban los trenes) ha bajado de los diez minutos de diferencia sobre su predecesor. Es algo que saben todos los usuarios del tranvía y el metro de valencia: su frecuencia de paso es lamentable.

En esas llega al andén una pareja de ancianos. Ella camina con dificultad y él, no mucho más hábil, se encarga de tratar de conseguir los billetes. Por lo visto no es un habitual y, ante el panel de la expendedora, lanza una petición de auxilio para ver si la recoge alguien del cada vez más nutrido grupo que allí se reúne a la espera de un tranvía que nunca llega. Tras un momento en que todos hacen oídos sordos, X se ofrece a ayudar, y ya junto al anciano, ve como la -aparentemente- moderna máquina, sólo vende abonos y no los dos billetes individuales que quiere el señor.

- Mire, -dice X- es que a esta máquina por lo visto no le quedan los billetes que usted quiere. Pero veo desde aquí que la del andén de enfrente sí las vende.
- Muchas gracias joven -añade el anciano, que, tras pedirle un poco más de dinero a su mujer, cruza sólo al otro lado.

Pero sigue sin aclararse, así que X, renunciando ya a la lectura del libro que le acompaña para sacar partido a estas forzosas horas muertas, cruza para ayudar al anciano.

- Tiene que darle aquí, introducir las monedas que le pida, y cuando tenga el primero, reiniciar la operación.
- ¿Pero da cambio esto?
- Sí, señor.
- Muchas gracias.

Y X regresa a su andén, al que sigue sin llegar ningún vagón. Mientras, tras el señor ya hay cola para sacar billete. Se le han unido dos señoras también mayores. Y al minuto el hombre, muy educado hasta entonces, comienza a lanzar algún exabrupto. X, protagonista ya de la historia, cruza de nuevo.

- Joven, ¿qué pasa? Esto no me da el billete.

Efectivamente, la máquina pide ahora el importe exacto.

- Mire, se ve que el trasto se ha quedado sin cambio y le está pidiendo ahora el importe exacto.
- Pero ¿es esto posible?
- Pues sí, señor -dice X ya refunfuñando-. ¿Qué moneda le falta?
- Cinco céntimos, pero para el primer billete.
- Pues tenga y compre ese primero. Y, si luego pasa un revisor, que no es probable, le cuenta lo sucedido y, si quiere, que le cobre el otro.

X regresa mosqueado a su arcén cuando ya se ve el metro aproximarse a 200 metros. El anciano y sus dos nuevas compañeras, tratan de cruzar, pero en ese momento llega un vagón en el otro sentido y toda la gente congregada en la parada, pendiente desde hace rato de su pasos, les grita para que se detengan. Cuando éste pasa, afortunadamente, los tres pueden regresar al andén sin perder el convoy, que va más lento que el caballo del malo.

- Sólo faltaría que nos hubiéramos matado -interpela con ironía y una pizca de mal humor el anciano a X-. Vaya servicio.
- Pues sí señor -añade X ya harto-. Ésta es la Valencia auténtica y no la Copa América de los cojones. Esto es lo que nos dan estos políticos que nos gobiernan.

Ante la exclamación de X alguno en la parada casi aplaude y la mayoría asiente entre indignación y sonrisas. No obstante, piensa X, esa proporción no fue la misma hace una semana, cuando en las elecciones los valencianos eligieron de nuevo a los que -entre otras cosas- han hecho del metro de Valencia un servicio tercermundista. Seguro que alguno de la parada piensa que la culpa es de Zapatero.

Un apunte

El domingo tuvo lugar una nueva protesta de los familiares de las víctimas del accidente de metro del 3 de julio del pasado año. Fue la última antes del aniversario de la tragedia y la primera tras las elecciones que han refrendado con su resultado a los que gestionaron el metro con tanta dejadez que devino en arma mortal. También fue la primera después de que el Presidente Camps, que todavía no se ha reunido con sus familiares, dijera en campaña que llevaba siempre "a las víctimas del metro en el corazón".

Ahora, cuando sentirán más que nunca que los gobernantes se han reído en su cara y que la sociedad les da la espalda (la mayoría de vecinos de Torrent ha aprobado con su voto tener el mismo servicio de metro que les han dado los últimos doce años), es el momento de seguir manifestándose con ellos. Podríamos -aunque los ciudadanos más adormecidos no lo crean- haber sido cualquiera. Algún día, espero que sin una nueva tragedia mediante, espero que acaben dándose cuenta.

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